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El pueblo más grande de la Historia (video)

En su Ensayo sobre el Catolicismo, el liberalismo y el socialismo,
el famoso literato español Juan Donoso Cortés, analiza las obras de las civilizaciones antiguas y las compara con la Civilización cristiana.

Donoso Cortés hace el elogio de la Civilización cristiana
Juan Donoso Cortés

Así se refiere a la Civilización Cristiana:

“A esa portentosa civilización se debe todo lo que admiramos y todo lo que vemos. Sus teólogos, aun considerados humanamente afrentan a los filósofos modernos y a los filósofos antiguos a sus doctores causan pavor por la inmensidad de su ciencia; sus historiadores oscurecen a los de la antigüedad por su mirada generalizadora y comprensiva.

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Catedral de Orvieto: magia de colores en una fachada gótica

¡Estamos ante una serie de colores sobre una fachada estrictamente gótica! Se trata de la fachada de la célebre catedral de Orvieto, en Italia.

Catedral medieval de Orvieto fue construida para conmemorar el milagro eucarístico de Bolsena

La rosácea -la única que existe en la fachada- queda dentro de un cuadrado, el cual no se diría exactamente gótico. Hay en él cualquier cosa de clásico, pero que encaja tan perfectamente dentro del estilo gótico que no se tiene que objetar.

El color escogido es el más esplendoroso de los colores: el oro.

Toda la fachada presenta un fondo de mosaico dorado. Es un mosaico de tal calidad, tan rutilante y tan magnífico que, siendo esta iglesia del siglo XIV, se tiene la impresión de que su construcción terminó ayer.

En ese sentido, ella no presenta la poesía del granito, el cual se vuelve más bello a medida que envejece. El viejo granito, que desafía todos los tiempos y todas las intemperies, tiene su belleza. Habla de la eternidad en la medida en que resiste al tiempo y afirma su existencia contra el tiempo. Pasan las eras, pero el granito permanece.

En el ápice de la catedral de Orvieto hay un mosaico representando la Coronación de la Santísima Virgen por Jesucristo
Coronación de Nuestra Señora

La Catedral de Orvieto, por el contrario, se presenta como concluida ayer. Los inviernos y las tragedias de la historia pasaron por ella, sin alcanzarla en nada. Ella permanece magnífica, esplendorosa. El mosaico de Orvieto se reporta a la eternidad, en el sentido que ignora el tiempo. No se resiste a éste porque no tiene nada que ver con él. El tiempo no lo alcanza.

En este mosaico se ven varios grupos humanos. Arriba, una escena: la de la Coronación de Nuestra Señora. Después, a la derecha y a la izquierda de la rosácea, otras agrupaciones. En lo alto de las puertas ‒tanto dentro como fuera de las ojivas‒, figuras de colores también. El colorido está por todas partes. No son colores explosivos, pero son todos colores muy vivos.

Quien lo hizo no tenía el gusto de los colores pálidos y discretos. Estos tienen su belleza en que se pierden unos en los otros y se confunden o se funden mutuamente, pero no es esta la belleza que está aquí. Aquí están los colores definidos, que tienen vida propia. De tal forma que cada grupo es una sinfonía de colores especiales.

Así, la belleza del colorido aplicado sobre la fachada de líneas góticas nos da la idea de lo que sería una síntesis entre forma y color.

Diseño y colores sublimes

La vieja disputa entre los artistas. ¿Qué presenta más esplendor: la forma o el color? En un cuadro, ¿que es más notable: el dibujo o el colorido?

A este respecto hay dos grandes escuelas de arte italianas divergentes entre sí. La escuela florentina toda hecha de dibujo, pobre intencionalmente de colorido para que el dibujo resalte, y la escuela veneciana, magnífica en colores y teniendo sólo el diseño necesario con el propósito de dar pretexto para que los colores se muestren.

Antes de que esas dos escuelas se diferenciaran y polemizaran, ya había una magnífica síntesis de las dos en la Catedral de Orvieto.

La catedral de Orvieto se encuentra en un bellísimo pueblo medieval italiano
La belleza del monumento trasciende el menosprecio de los hombres

Se nota la cantidad de trabajo en la piedra; en las columnas, en la rosácea, en el cuadrángulo, en los florones, en los bordes. Los hombres que construyeron esa Catedral eran hombres que trabajaban sin prisa de terminar y que morían en paz delante de la iglesia inacabada, seguros de que las generaciones futuras habrían de concluir su construcción.

Esta es una iglesia inatacable en su belleza. No veo que sea posible hacer cualquier crítica, cualquier reserva con respecto a ella. Se pueden preferir otras. Depende del gusto individual, pero impugnar esta iglesia en algo, no veo que sea posible.

Ella está aislada en medio de otros edificios, como diciendo: “Vosotros me ignoráis, pero también yo os ignoro. Si no queréis mirarme y no queréis reconocer mi belleza, ella aquí está de pie para juzgar. Un día prestareis cuentas al Juez eterno. En cuanto a mí, mi conversación es con el sol, con la luna y con el viento… “.

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo, N ° 586 – Noviembre de 1999: Extractos de la conferencia proferida por el Prof. Plinio el 23 de enero de 1981. Sin revisión del autor.

Comer solo: Aristóteles y la cultura de la comida

La comida familiar es una costumbre que está siendo cada vez más olvidada
“Automat” (1927) de Edward Hopper (1882-1967).

Aristóteles identificó los hábitos alimenticios del hombre como una de las piedras angulares de la civilización, una de las dos actividades que resaltan la naturaleza de la excelencia del hombre (o su barbaridad). La importancia de comer para la condición humana debe ser evidente para todos.

Pero, ¿cuál es el problema de comer como resulta de la religión, los filósofos antiguos y el modo de vida tradicional?

Comer, tradicionalmente, ha sido una experiencia social, ritual y comunitaria.

Desde la cena religiosa hasta la comida familiar, el sentido de comunidad y sociabilidad se extiende a través de los hábitos alimenticios cultos.

En la comida comunitaria los individuos se reúnen en unidad.

De la atomización a la cohesión social.

El caos de las vidas egocéntricas se  manifiesta en el caos y la falta de armonía que nos rodea.

Hace cincuenta años, habría sido impensable no tener un tiempo establecido para la comida familiar. Hoy en día, es común que las familias hayan olvidado la importancia de la comida familiar, ya que cada miembro come en su propio horario en base al bramido de sus propios apetitos.

Esto refleja nuestra creciente atomización, aunque se tenga la ilusión de cohesión y unidad.

La prevalencia de las comidas familiares es difícil de medir. Un poco más del 50% de las familias dicen tener comidas familiares cinco días a la semana, lo que es un triste reflejo de los momentos en que vivimos. De este 50%, ¿cuántas de esas comidas son cálidas, en las que se conversa con calma?

Comer rápido

El énfasis está en el comer rápido para volver a las vidas “ocupadas” e individualistas que vivimos. Si todos están “presentes” pero no están atañidos, ¿puede esto considerarse como una verdadera comida familiar en el sentido tradicional?

¿Cuánta gente come rápidamente, está preocupada con sus teléfonos o simplemente quiere pasar a la siguiente cosa que les espera?

Un evento social es siempre algo íntimo y lento, dos cosas de las que la “sociedad” moderna desea alejarse.

La palabra sociedad invoca la idea de intimidad. Ella proviene de la palabra latina socius que significa amigo. Un amigo es alguien que conoces, alguien con quien pasas tiempo, alguien que tiene un papel íntimo en tu vida.

La importancia de la amistad era conocida por los antiguos filósofos. Aristóteles señaló en la Ética que la amistad es entrega de sí mismo. Los amigos se amaban por su propio bien y siempre buscaban lo mejor para el otro.

Para San Agustín, la amistad era una de las necesidades de la vida temporal, y que ésta se basaba en la confianza entre las partes: traicionar esa confianza era uno de los “pecados” más abominables que uno podía cometer (de ahí la razón por la cual traicionar la confianza de amigos, benefactores y familiares son castigados tan severamente en el Infierno de Dante).

En lugar de dedicar tiempo a nuestros amigos y familiares, perdemos nuestro tiempo en nosotros mismos. Se regresa a casa del trabajo e inmediatamente se busca una comida para satisfacer su apetito en lugar de esperar a los otros para comer.

La satisfacción del deseo personal

Satisfacer el deseo personal sin preocuparse por los demás es una encarnación sutil pero trágica del egoísmo. Porque en ese momento nada más en el mundo importa, excepto uno mismo y los deseos del yo.

A los modernos se les dice que “el tiempo es dinero”. Una hora dedicada a la comida familiar es considerada una hora desperdiciada: uno podría haber “disfrutado” con videojuegos, en las redes sociales para obtener cientos o miles de “me gusta”, de personas sin rostro que uno nunca conoció.

Las horas dedicadas a desayunar, almorzar o cenar con amigos son consideradas horas malgastadas.

Comer juntos, como un evento social, debe consumir tiempo porque se supone que es una experiencia íntima donde la amistad ‒la verdadera amistad‒ se experimenta, se reaviva y el amor se encuentra en el centro de la mesa.

Es, a su manera, un llamado al sacrificio. Sacrificar el propio tiempo por el otro. Sacrificar los propios deseos impetuosos para pasar tiempo con los demás.

La falta de gratitud

Las oraciones que se decían tradicionalmente antes y después de las comidas reconocían el rol del sacrificio involucrado en la alimentación social. Reconocían el sacrificio que otros hicieron para preparar la comida, su regalo para otros.

Lo menos que uno podría hacer para devolver este sentimiento es expresar su agradecimiento a quienes trabajaron con amor para lograr la comida que une a varias personas.

La acción de gracias después de la comida también reconoce al otro incluso después de haber sido saciado personalmente por la comida y la buena compañía.

Aristóteles tenía razón en que los hábitos alimenticios del hombre eran una de las características de su finura. La civilización proviene de la palabra latina civitas, ciudad, y la ciudad está ordenada a algo más grande que el yo.

La cultura nace de lo que se aprecia

Todas las civilizaciones están ordenadas a algo. La cultura proviene de este ordenamiento porque cultura, culto, significa cuidado y estima. Lo que las personas tienen como finalidad es lo que les importa, y lo que les importa es lo que vendrán a apreciar. Su trabajo es un reflejo de lo que realmente les importa.

Una civilización ordenada al yo y a los deseos del yo es una cultura hueca, nihilista y destructiva.

Trata a los demás como instrumentos para sus propios fines egocéntricos. Utiliza el alma y la subjetividad de un humano para su ventaja y placer.

Sitúa al yo en el centro del universo sin necesidad de sacrificarse por los demás y, por lo tanto, no necesita amar a los demás. Por esto, no hay tiempo para dar a los demás. Todo el tiempo es para uno mismo.

El cristianismo entendió la centralidad de la comida, el amor y el sacrificio que corrieron a través del simbolismo ordenador y vivificante de la comida. Porque, ¿quién hizo mayor sacrificio al ofrecerse a sí mismo como comida para sanar y traer vida al mundo que Cristo?

La comida —la Eucaristía— es el foco central de la liturgia cristiana. Es íntimo. Es personal. Es sacrificial. Por otra parte, la comida lleva al orden. Atrae a la mesa al yo aislado,  dispar, caótico y alienado; a  la mesa que trae orden, amor y vida al mundo.

Comida y cultura

La comida cristiana es también de naturaleza filial. El cristiano pertenece a una familia temporal pero también a la familia eterna y Divina, que trasciende el espacio y el tiempo. Los cristianos se reúnen como una sola familia junto a la Mesa del sacrificio y el amor, donde el deseo es verdaderamente saciado; el orden, la paz y la satisfacción también se encuentran finalmente en la Mesa de la Cena del Señor.

El sacrificio amoroso de Cristo es el mayor don de sí mismo para el mundo y la atracción a esta comida reorienta el corazón del yo a los demás, al orden, la sociabilidad y el amor.

La sociedad moderna, en sí misma es una parodia corrupta de lo que es la verdadera sociedad, no hay ningún lugar para el sacrificio y el sufrimiento.

Esta huida del sufrimiento, que eventualmente conduce a la eliminación del sacrificio, es lo que une a los filósofos liberales desde Hobbes y Locke a Mill y Rawls.

Como tal, la sociedad moderna llegará a reflejar lo que le importa y aprecia. Y lo que a la sociedad moderna le importa y interesa es el yo aislado y atomizado  mutilado del mundo de las relaciones y la intimidad.

Si el amor exige sacrificio y sacrificio significa el don de sí mismo a otro, la filosofía moderna busca destruir el amor, porque el sacrificio lleva al sufrimiento y el sacrificio coloca a otro, en lugar de a uno mismo, en el centro de la vida.

Por lo tanto, el mundo moderno necesita rechazar a Cristo; no tiene lugar para él como el Hijo de Dios encarnado y sacrificado. (Donde Cristo perdura, es transformado en un portavoz del último zeitgeist [1] liberal).

Esta es también la razón por la cual el mundo moderno necesita comer solo; no hay lugar para otros, los sacrificios involucrados en preparar y llevar a cabo la comida comunitaria, y no hay lugar para dar gracias a los demás porque esto suplantaría al ego del yo como la cumbre principal de lo que a uno le preocupa y valora.

El auge de la sociedad consumista, que alimenta el apetito de los egos desordenados, coincide con la comida rápida, de producción masiva y barata.

El triunfo de McDonalds no es el triunfo del capitalismo corporativo, sino el triunfo del individuo liberado, cuya única preocupación en la vida es alimentar sus propios deseos. Es el triunfo del liberalismo en su verdadera forma y expresión.

La decadencia de la familia

A medida que nuestro mundo se despersonaliza, se aísla y se atomiza, nuestros hábitos alimenticios ‒nuestra cultura alimenticia‒ reflejan esta nueva realidad: la pérdida de la sociabilidad; la pérdida del relacionamiento; el declive de la familia.

La comida nos llama al orden, da vida a quienes participan en ella, y reúne a las personas en relaciones íntimas, coloca a los demás, a la acción de gracias y a la amistad en el centro del mundo.

La comida familiar y la Eucaristía cristiana siguen siendo la fuente de la verdadera transformación, la cumbre de la reorientación, de la cultura de regreso a las cosas permanentes y a la piedra de construcción de la civilización.

Nota del editor: la pintura presentada es “Automat” (1927) de Edward Hopper (1882-1967).

Paul Krause es un colaborador principal de The Imaginative Conservative. http://www.theimaginativeconservative.org/2018/10/eating-alone-aristotle-culture-meal-paul-krause.html

[1] Zeitgeist, palabra de origen alemán que significa “espíritu del tiempo”

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Dos ideales: el Derecho y la máquina

El Coliseo de noche: la elegancia de un monumento de la antigüedad

Impresionante aspecto del Coliseo.

El viejo monumento, poderosamente iluminado por reflectores, deja ver otras bellezas de las que tiene a la luz del día, con todas las claridades del sol glorioso de Roma.

Una atmósfera de tragedia y catástrofe pesa sobre el ambiente.

En segundo plano, se perciben los muros desmoronados del Coliseo.

Es un monumento que refleja la elevación, la dignidad y el poder del Imperio Romano. Un gran contraste con el ambiente moderno
Ruinas que son testigo de antiguos esplendores

En primer plano, dos columnas de otra ruina se yerguen en el cielo oscuro, una partida y la otra entera pero inútil, como una protesta muda, vencida pero perseverante, contra los ultrajes de los siglos.

Esta impresión de persistencia en sobrevivir, de manutención milenaria de un espíritu y de una tradición ya muerta, y esto dentro de un ambiente totalmente transformado, se desprende todavía de un modo más conmovedor de las murallas que restan en pie.

A la luz de los reflectores, los faroles del alumbrado público, el asfalto húmedo y marcado por los neumáticos todo esto afirma el siglo XX.

Pero la masa armoniosa, imponente, seria, al mismo tiempo leve y monumental del Coliseo, hace sentir en este ambiente moderno toda la nobleza, la dignidad y la pujanza del Imperio, toda la elevación, la robustez, la lógica del espíritu romano, que tenía por ideal el Derecho.

Todo se deshizo.

De vivo, el Coliseo sólo tiene la sangre todavía caliente de los mártires.

Entretanto, en esto que es una ruina, existe una atracción que se ejerce hasta en los puntos más extremos de la Tierra, determinando la afluencia de turistas de las regiones más remotas.

Es que un gran ideal de belleza refulge todavía en estas piedras muertas.

*   *   *

Tout passe, tout casse, tout lasse et tout se remplace.

De perenne en el mundo, sólo la Iglesia.

El Coliseo se trasformó en una ruina.

El Maracaná no es todavía una ruina pero ya desapareció del prestigio publico
El Estadio de Maracaná, no hace mucho célebre en el mundo entero, yace olvidado en un mundo que aprecia la cantidad y muy poco la calidad

Un día podrá el Maracaná transformarse en una ruina. ¿Y que impresión dejarán sus restos, si quedaren restos?

Las partes de un todo homogéneo no pueden valer más que este todo.

Si la iluminación nocturna del Coliseo hace ver toda la grandeza de éste, la fotografía aérea del Maracaná pone al descubierto todas sus carencias.

Se diría que es la pieza de una máquina, banal, ruda, sin alma, en la cual se apiñan algunos millares de hormigas: son los espectadores.

Es la expresión de un mundo que tomó por ideal, no el Derecho como Roma, ni la filosofía como Grecia, y mucho menos la teología como el siglo XIII, sino la máquina.

La máquina, o sea, la materia. Almas materialistas, hombre materializado, mecanizado, esto es lo que se ve en el Maracaná como en tantos estadios similares.

¿Vendrán algún día los pueblos a ver sus ruinas?

Tal vez… para comprender mejor cómo se desplomó nuestra civilización, para menear la cabeza, y continuar su camino pensando en la justicia de Dios.

Plinio Corrêa de Oliveira, in Catolicismo Nº 42 – Junio de 1954

El igualitarismo explicado en toda su profundidad

Panteísmo; igualdad política, social y económica absolutos; amor libre: este es el triple fin a que nos conduce un movimiento que dura ya más de cuatro siglos.

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3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad “ Los valores metafísicos de la Revolución

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

  A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

El orgulloso detesta todas las desigualdades y toda autoridad
El puño cerrado, símbolo de la rebelión contra todas las desigualdades.

El orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos
En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios:

de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica:

Supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones:
El ecumenismo mal entendido lleva a querer igualar y fundir todas las religiones.

Todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual.

El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política:

supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad:

supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios

entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica:

nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia:
En la arquitectura también se refleja esta determinación de nivelar todos los aspectos de la existencia
Disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas:

la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social:

como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internacional:
La ONU es un primer ensayo de gobierno mundial fundiendo todas las razas y pueblos
La Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados

el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país:

por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios:

Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad:

claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión.

Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

La igualdad es el mito que ha destruido nuestra civilización

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