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Pintando el alma humana — Acción Familia

Richelieu-Philippe_de_ChampaigneAcción Familia Para retratar el alma humana en lo que tiene de más íntimo, vivo y sutil, el artista no necesita recurrir a deformaciones que degradan la propia naturaleza humana. La entrada… Este es un extracto del artículo. Continúe leyendo en mi sitio. Pulse en el título

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Matar a los recién nacidos no es diferente de abortar, ¿por qué no hacerlo? — Acción Familia

 

Acción Familia Del aborto al infanticidio: nuevo paso para la justificación del crimen. Chile empujado para entrar por estos caminos. A los padres se les debe permitir matar a sus bebés recién… 6 palabras más

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El Acuario y el hombre contemporáneo

Los peces, como algunos hombres, sólo son sensibles a las pequeñas cosas que los rodean.
Los peces de acuario, como algunos hombres, sólo son sensibles a las pequeñas cosas que los rodean.

El comportamiento de algunos hombres es semejante al de los peces en un acuario: viven, escondidos en su pequeño mundo, indiferentes a lo que pase afuera. Son una especie de “peces contemporáneos” .

Una vez visité un acuario en el que cada pez permanecía en su área.

Me sorprendió lo sensibles que se mostraban en relación a cualquier cosa que se encontraba en el camino de su incesante y ocioso andar a través de su medio líquido.

El contacto con la vegetación, algún pequeño obstáculo, hasta una burbuja de aire tenía inmediatamente un efecto en su dirección y movimientos.

Tuve ganas de saber como reaccionaba su sensibilidad con respecto a lo que pasaba fuera de la pecera, puesto que ésta tenía uno de sus lados enteramente dispuesto para la observación de los visitantes.

Los peces literalmente apoyaban sus bocas – uno podría decir hasta sus ojos- en el vidrio.

Pero eran completamente insensibles a cualquier cosa que estuviera fuera: una mano descansando sobre el vidrio, dedos gesticulando o golpeando – nada de ello les causaba la más mínima reacción.

El mundo fuera de la pecera podría estar cayéndose, que ninguno de estos peces le prestaría la más mínima atención hasta que ello no sucediese dentro de su pequeño y líquido mundo.

Me vienen a la mente aquellos peces cuando veo las actitudes de algunos de mis contemporáneos – no de pocos de ellos – cuando reciben noticias o comentarios sobre el mundo de hoy, a través de la televisión, la radio o los diarios.

Con cada vez mayor frecuencia, las noticias tratan de catástrofes individuales, locales y hasta nacionales.

A veces hasta es discutida la destrucción del mundo en una hecatombe nuclear.

La persona que escucha tales noticias permanece indiferente, mientras no causen inmediatas repercusiones en su pequeña vida privada, en su acuario.

Síntomas de alarmante corrupción, contradicciones aberrantes, indicaciones alarmantes sobre transformaciones de la psicología de grupos sociales – nada de ello es relevante mientras que su pequeña vidita continúe inalterada unos pocos días más, o, tal vez, sólo algunas horas.

Esa actitud me llamaba muchísimo la atención.

Justo en frente de la pecera, tuve el deseo – afortunadamente controlado – de golpear el vidrio y hablarle a los peces para que realmente sintieran la realidad del mundo externo en el que yo estaba y que ellos ignoraban completamente.

También tuve el deseo de golpear otros “vidrios” en los que algunos “peces contemporáneos” viven, escondidos en su pequeño mundo, indiferentes a lo que pase afuera.


Por Plinio Corrêa de Oliveira

Monumentos que reflejan las cualidades de un pueblo

Felipe II refleja las cualidades del pueblo español
Felipe II, por Claudio Coello

La mentalidad, los modos de ser, de pensar y de actuar de un pueblo se reflejan en su arte y en todos los aspectos de su vida.

La escalera de la Catedral de Burgos que reproducimos más abajo, por ejemplo, refleja la idea de majestad como la concibe el español. Esa idea influye profundamente en su visión de Dios.

El imagina la majestad de una manera muy diferente a la de un francés o un alemán.

Posiblemente un alemán haría quitar todos esos adornos: para ellos la escalera tiene que ser simple, lisa y sin tantos arabescos.

El español comprende la majestad como inmensamente altanera y aislada.

El pintor Claudio Coello refleja esta concepción en el retrato que hizo del Rey Felipe II. El Rey español ‒al contrario del Rey de Francia, que vive en medio de sus súbditos‒ se encuentra en una aislamiento sacral y místico, con una mirada que comunica movimiento, vida, amor y temor reverencial a sus súbditos.

Estos, encantados y a distancia, admiran a un rey, tan rey y tan caballero. Un rey que se conduce rectamente, cercado de un protocolo, de una etiqueta, de una racionalidad.

Un rey que, después haber puesto orden en Castilla la Vieja, en Castilla la Nueva, en Andalucía, Galicia y otros lugares, piensa en grandes conquistas, en ciudades nuevas; en mandar un ejército para combatir a los protestantes. En resumen, dentro de un orden acompasado y solemne, piensa en grandes proezas.

El estilo de Luis XIV es el de la alegría triunfante
Luis XIV recibiendo embajadores

El estilo del Rey francés es tener una sonrisa solar y comunicativa, que se derrama como los rayos del sol: el adorno, el lazo elegante, la alegría triunfal, la ligereza, la gracia y la convivencia constante con todo el mundo. Son dos concepciones totalmente diferentes.

El español ve a Dios como un Dios de Sabiduría, un Dios que está a una distancia infinita de los hombres, pero que lo invita a escalar esos espacios enormes. Cuanto más sube, más se aproxima de la grandeza divina y más se encanta. El Dios majestuoso es por excelencia el Dios de los españoles.

La escalera que reproducimos representa el fausto, la grandeza, lo que está por encima de todo y que no tiene comparación absolutamente con nada.

El Dios justiciero encanta al español. Un Dios que mira y que pone una norma que quiere que se cumpla; que se deleita en premiar y también en castigar. Y que hace de la alternancia del castigo y del premio un juego de luces, que para el español es más bello que el mero premio.

La escalera en la Catedral de Burgos, España intimidad y misterio
Escalera en la Catedral de Burgos, España

Esta escalera tiene algo que invita a la tragedia.

No se puede imaginar que detrás de ella exista un pequeño salón rosado, con muebles dorados y grandes ventanas de cristal, que dejan ver un parque con fuentes de agua y una luz entrando a borbotones.

Por el contrario, ella invita a un recogimiento y a planear muchas y duras luchas, golpes fuertes y conspiraciones tenebrosas.

También se percibe el misterio: es una intimidad llena de misterio; una intimidad de oración; una intimidad llena de secretos; que no es una intimidad abierta.

Es una puerta que se abre y el hombre se siente tragado por un plan divino, que va a exigirle enormes dedicaciones, enormes esfuerzos, enormes tragedias.

Esta escalera nos muestra, a través de este estilo de alma, uno de los modos por los cuales Nuestro Señor Jesucristo se mostró en esta Tierra. Una de las formas por las cuales Dios se muestra a nuestra adoración. El se manifiesta de muchas maneras y una de ellas es ésta.

(Adaptación de conversación de Plinio Corrêa de Oliveira, sin revisión del autor)

¿Quid est veritas?

El hombre relativista actual, cual nuevo romano decadente, se pregunta ¿qué es la verdad?
El relajamiento del pobre romano, triste víctima de la pestilencia de una época a punto de morir, se exhala a través del “quid est veritas?” (¿Qué es la verdad?)

El neopaganismo sensual y relativista de nuestra época se infiltró en todos los campos del pensamiento humano haciendo que el sentido común esté oscurecido, y que los conocimientos más elementales son negados con altivez por personas de innegable renombre y valor intelectual.

Con frecuencia tenemos la tentación de reconstruir una mentalidad, basados simplemente en una frase, o un dicho.

Así, aunque no tuviésemos las narraciones evangélicas que nos muestran de modo elocuente la sinuosidad de la inteligencia y del carácter de Pilatos, podríamos tener una idea bastante segura de su mentalidad a través de su inmortal “quid est veritas?”[1].

Abstrayendo del aspecto religioso del diálogo entre Nuestro Señor y Poncio Pilatos, no podemos dejar de considerar la belleza histórica de la escena rápidamente relatada por los Evangelios.

El diálogo entre el pretor romano y la inocente víctima de su cobardía representa el diálogo entre una época que se extinguía, en los últimos brillos de una civilización decadente, y otra época que nacía en la sangre y en la aparente infamia de la Cruz, pero que, en algunos siglos, florecería en una aurora suave de dulce victoria, trayendo a los hombres desvariados el dulce lenitivo de una doctrina de salvación.

El pretor romano es pintado en vivo por el “quid est veritas?” con que quiso confundir a Nuestro Señor.

El romano civilizado, cuyos sentidos ya se habían maravillado con todos los deleites de una sociedad que vivía para el placer; el romano instruido, cuya inteligencia inquieta había recorrido ansiosamente todos los sistemas filosóficos, expuestos por científicos mediocres en el mercado literario de Roma, del mismo modo que los modistas exponían los tejidos exóticos llegados de Oriente.

El hombre vencido por el placer, incapaz de desvencijarse de su sensualidad, cuya personalidad zozobraba en un mare-magno de doctrinas confusas e imperfectas, en el relajamiento de sus sentidos insatisfechos, el pobre romano, triste víctima de la pestilencia de una época a punto de morir, exhala a través del “quid est veritas?” toda la acritud de quien siente en torno de sí solamente ruinas nacidas de los propios extravíos de su razón y de sus sentidos.

Y el humilde Nazareno, que pasó una vida de privaciones y de abnegación y que joven, bello y hermoso, moriría a manos de sus verdugos, sustentando una verdad de la cual se decía encarnación, representa exactamente el polo opuesto.

Es el contraste magnífico entre el abismo lleno de humedad, de tinieblas y de frío, y la cumbre elevadísima de una montaña llena de luz, de armonía y de belleza.

El pretor orgulloso no venció. El sibarita escéptico que, en una mezcla de ansiedad e indiferencia, parecía haber buscado la verdad infructuosamente, fue estrepitosamente vencido por la víctima humilde, que regó con sangre sus propias doctrinas, y sustituyó el sistema de duda y negación de Pilatos por un sistema de afirmación y construcción que, durante tantos siglos, la humanidad civilizada admiró.

Una flagelación acompañada de burlas soeces
Giotto_di_Bondone, la Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo

El dicho del pretor escéptico fue recordado por la Iglesia durante siglos a los pueblos postrados en las góticas catedrales, durante la Semana Santa, como el grito de insensatez y desesperación de una civilización a punto de naufragar.

El “quid est veritas?” de Pilatos, pronunciado en la agonía de la civilización romana, equivale al “vicisti tandem, Galilaeu, vicisti”[2], que Juliano, el Apóstata, legó al mundo al morir, como un último estertor de un corazón revolucionario.

Ambos son gritos de rebelión y desesperación, ante la victoria de la Verdad, que germinará.

Pero el grito de Pilatos no fue proferido sin eco.


Hoy, nuevamente, éste repercute en nuestra sociedad re–paganizada, en nuestro mundo restituido a los horrores de un cientificismo desenfrenado, casi exclusivamente formado por doctrinas fracasadas y sofismas científicos.

Cuando observamos el actual estado de la ciencia, como lo puede considerar un escéptico, nos acordamos insensiblemente de nuestros bosques vírgenes.

La vegetación es de tal modo exuberante, son tantos los parásitos, las lianas, las plantas de todo tipo, y tal el enmarañado loco de redes verdes formadas por las enredaderas que, a primera vista, en ciertos trechos, es difícil descubrir árboles hermosos que, en una recta impecable, yergan bien alto sus copas frondosas.

Así también es el mundo científico moderno.

Tal es el embate de las doctrinas, la confusión de los sistemas, las contradicciones entre los descubrimientos de hoy y las leyes hasta ayer tenidas como indiscutibles, que el árbol recto y frondoso de la Verdad, el magnífico jequitibá[3] de los conocimientos eternos, que resisten a cualquier examen y que son superiores a todos los parásitos científicos, es difícil descubrirlo.

Pero, ¿por qué existe en nuestra época esa vegetación perniciosa que trata de encubrir la verdad? ¿Por qué hay tantos derrotados, tantos individuos que consideran la verdad como una pompa de jabón que, al punto de cogerla en la mano para examinarla, desaparece?

Esto es causado por la re-paganización del hombre. Debido a la rebelión de la propia razón contra la Revelación, que la propia lógica nos obliga a aceptar. Debido, principalmente, al orgullo y al desorden de los sentidos, rebeldes a todo freno, a toda ley.

¡Entonces, estudiar, esforzarse para recoger conocimientos varios y notables, para llegar a la falencia integral de la inteligencia humana ante los problemas más inmediatos de la vida! ¿Es esto sano en materia de lógica?

El sibarita escéptico que, en una mezcla de ansiedad e indiferencia, parecía haber buscado la verdad infructuosamente, fue estrepitosamente vencido por la víctima humilde

Además, si la inteligencia es incapaz de descubrir cualquier verdad, es necesario confesar que, aún para afirmar la relatividad de todo conocimiento, ella está sujeta a sospecha.

Nada es menos lógico, aún para aquellos que quieren declarar la insolvencia del espíritu en la búsqueda de la verdad, que la imagen de Anatole France de un disco con colores diversos, representando las diversas verdades, que al hacerlo girar produjera el fenómeno de la superposición de los colores, presentando una verdad “blanca”, una superposición de todas a verdades.

Decir que la verdad puede ser la superposición de unos tantos conceptos contradictorios es un insulto al sentido común.

Así, cuando dos personas afirmasen: una, que una joya está en un cuarto y la otra, que no está; se podría obtener la verdad “superponiendo” ambos conceptos.

Debemos concluir con melancolía nuestras ponderaciones sin pretensiones.

Vemos que el neopaganismo de nuestra época se infiltró en la ciencia de tal manera que el sentido común está oscurecido, y que los conocimientos más elementales son negados con altivez por personas de innegable renombre y valor intelectual.

¡Y no podría dejar de ser así!

Los filósofos del siglo XVIII negaron la Fe católica en nombre de la razón, cuyo culto la Revolución Francesa quiso establecer.

La evolución del mismo movimiento revolucionario hizo que se terminase negando la propia razón, y que restaran… escombros, que es lo que vemos casi por todos lados.

Plinio Corrêa de Oliveira, in O “Legionário” n.º 64, 24-8-1930 (Traducido y adaptado)

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[1] ¿Qué es la verdad? (S. Juan 18, 38)

[2] “Venciste por fin, Galileo”

[3] Árbol brasileño de grandes proporciones.