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Catolicismo y Civilización

Las naves portuguesas llevaron a los misioneros
Carabelas portuguesas

En los últimos siglos, con la industrialización y los descubrimientos científicos, muchos imaginaron que la humanidad entraría en una era “paradisíaca”, en que la tecnología resolvería todos los problemas. ¡Mera fantasía!

Irrumpimos, más bien, en una época caracterizada por el abandono espiritual, una gran desilusión “que ha empujado a más de una generación a los abismos de la droga y otros vicios”, y una incertidumbre cada vez mayor con relación al futuro.

El hombre al adorar el progreso material, se esclavizó a la máquina.

Plinio Corrêa de Oliveira, en un artículo escrito para el semanario «El Legionario» en 1931 (cuando el autor tenía sólo veintitrés años) analiza las tendencias de ese período que hoy llegaron a su auge, y señala la solución para la crisis contemporánea: la recristianización del mundo, conquistando un progreso auténtico, sin abandonar los valores del pasado.

En todas partes donde la acción de la Iglesia se hace sentir, ella es eminentemente civilizadora en sus diversas manifestaciones.

Al mismo tiempo que el Cristianismo irrumpía en Alemania con San Bonifacio, también entraba con él la civilización greco-romana en los matorrales salvajes de la Teutonia.

Y el mismo soplo de Cristianismo, que barrió de la agreste Germania los fantasmas inconsistentes de su antigua mitología, desterró también el salvajismo y la crueldad que caracterizaban a las implacables hordas de bárbaros, que asolaban constantemente las fronteras del Imperio Romano.

Los misioneros, junto con la fe, trajeron la civilización
Fundación de la ciudad de Sao Paulo, Brasil

Lo que San Bonifacio hizo en Alemania, lo hicieron en todas las naciones occidentales innumerables misioneros humildes que, como pregoneros de la verdad, recorrían en toda su extensión la Europa bárbara y salvaje de los primeros siglos medievales.

Acción de los misioneros

De aquellos misioneros, algunos fueron elevados a la honra de los altares. Otros yacen sepultados en el olvido. Su obra, sin embargo, les sobrevivió.

Y cuando el hombre supercivilizado de nuestros días “orgulloso de la velocidad de sus ferrocarriles” recorre rápidamente la España meridional o la parte de Portugal que baña sus costas en el Atlántico, en una atmósfera límpida, llena de vida y de luz; o la gélida Suecia, eternamente sumergida en su somnolienta y melancólica neblina; en vez de envanecerse con los inventos de su siglo, debería antes recordar que no hay trazado de línea ferroviaria, no hay recorrido de autopista, no hay campo de aviación y no hay puerto de mar alguno, fuera de los límites del antiguo Imperio Romano, en que, muchos y muchos siglos atrás, no hubiese nuestra civilización penetrado por primera vez con el cayado de un misionero anónimo y abnegado.

Y esta verdad no es sólo europea, se desdobla por todo el universo.

Ningún trasatlántico altivo puede surcar en demanda del Oriente o de América, sin que la sombra de los antiguos misioneros católicos le recuerde que, antes que el lucro del mercader, el ardor del apóstol había recorrido los mismos caminos, enfrentando las mismas dificultades, removiendo los mismos obstáculos y venciendo, por la dulzura y por la predicación, a las mismas gentes que los mercaderes irían a vencer por las armas y por la sangre.

Un ejemplo: el beato José de Anchieta

La calle 15 de Noviembre (1), en la que vibra toda la civilización americana, en la vida agitada de los bancos o en la futilidad de las vanidades femeninas, es con razón el orgullo de los paulistanos.

¿Quién, sin embargo, se acuerda que esa arteria trepidante no es más que el fruto bendecido del sudor de un misionero humilde y delgado, que 400 años atrás recorría el mismo lugar “por entonces eriazo y peligroso” catequizando a los indios, y recristianizando con el riesgo de su propia vida a los ambiciosos y crueles exploradores portugueses?

¿Quién recordará que toda esta vida, toda esta grandiosidad que se ostentan en la São Paulo moderna, no son más que los frutos de un árbol pujante que el padre Anchieta plantó con la semilla del sacrificio, y regó con la sangre de las maceraciones y las lágrimas de la penitencia? Nadie.

Es preciso, sin embargo, que a toda costa esta injusticia cese.

Nuestra época debe ser sobre todo una época de reparaciones, en que busquemos atar nuevamente las cosas a sus raíces verdaderas. Y la mayor de las reparaciones, la más urgente “la única, en último análisis” es la reparación de lo que concierne a la Iglesia.

Carencia de fuerza moral

Mucho se habla de nuestro progreso. El siglo XX, que fue en su primera década una comedia, se transformó bruscamente en una dilatada y sangrienta tragedia, que está lejos de haber llegado a su fin.

Aún una larga serie de lances dolorosos nos separa del desenlace fatal de la lucha de tantos elementos que chocan hoy en día. Y, como en todo ambiente verdaderamente propicio para las tragedias, podemos distinguir en nuestra época grandes vicios.

Nuestra civilización material es soberbia. El hombre conquistó los aires y puede escudriñar los secretos del fondo del mar. Suprimió las distancias. Voló…

Nuestras fábricas tienen herramientas que pueden torcer como alfileres las más sólidas barras metálicas.

Mientras tanto, nuestra mentalidad padece precisamente del mal contrario. En vez de torcer las barras de metal, como si fuesen alfileres, el alma del hombre moderno se siente débil con relación a los alfileres de los menores sacrificios morales, como si fuesen barras de metal.

Todo se desagrega

Nuestras aspiraciones son desencontradas. Como niños que jugasen en una sala de visitas, los hombres quiebran hoy, inconsciente y estúpidamente, los últimos objetos preciosos y joyas que nos restan de nuestra verdadera Civilización.

La mecánica es utilizada para la destrucción y para la guerra. La química no interesa sólo a los hospitales, sino a las fábricas de gases asfixiantes. Los tóxicos no tienen apenas uso de laboratorio; alimentan también los vicios de una generación inepta para la vida, que busca evadirse de la realidad en las regiones siempre nuevas del sueño y de la fantasía. La máquina, después de haber devorado las tradiciones del pasado, devora actualmente las esperanzas del futuro. La producción ya no tiene proporción con el consumo.

El Renacimiento fue el comienzo de una revolución que dura hasta nuestros días y que ha destruido la Civilización cristiana
El Renacimiento trajo consigo el desarreglo de los instintos y el deterioro de la armazón moral de la sociedad

Todo se desarregla, todo se desagrega. Y el hombre de nuestros días comienza apenas a percibir que, junto a los frutos amenos de una civilización material rica en comodidades refinadas, también brotan los frutos amargos de un sibaritismo llevado a su auge por las propias armas que la civilización forjó.

El jarrón roto

Desengañado de todo, el hombre de hoy (al contrario de lo que sucedía a principios del siglo XX) ya no dibuja más el progreso en sus cuadros alegóricos, como una mujer envuelta en una túnica griega, con una antorcha luminosa en las manos, rompiendo las cadenas del pasado y dirigiéndose, con la mirada radiante de esperanzas, hacia un futuro lleno de promesas.

Sólo en las pequeñas revistas y en las estampas de nuestro principio de siglo XX tal ingenuidad consiguió encontrar un lugar. Hoy esas alegorías aparatosas fueron relegadas al olvido. Y si alguien quisiese representar exactamente nuestra época, antes debería pintarla como un niño llorando despavorido ante los pedazos de un jarrón de porcelana que rompió, y que no sabe más cómo reparar.

El hombre incivilizado

Llegó el momento que indaguemos las verdaderas causas de tal desastre. Ha llegado la ocasión para que escudriñemos nuevamente la Historia, no como pasto para fantasías y utopías liberales, sino como laboratorio en cuyos hechos y accidentes, como en retortas y alambiques, se elaboró el presente.

Y llegó el momento en que los católicos debemos proclamar y demostrar la gran verdad de la cual proviene, como de fuente única, la salvación: el progreso, en su acepción moral más elevada y en sus manifestaciones materiales legítimas, proviene directamente de la Iglesia. El cortejo de vicios, de errores, de torpezas que él arrastró atrás de sí provino de un verdadero retroceso a la barbarie, que se generó en el Renacimiento. Y esto porque el Renacimiento fue bárbaro, como es bárbara la condición primitiva de vida de los hotentotes (2). Efectivamente es una tendencia esencial de la civilización hacer cada vez más perfecta la vida de las colectividades humanas.
Bárbaro, por lo tanto, e incivilizado es el hombre que no gobierna sus instintos, y que se vuelve así inapto para la vida social.

Una Sodoma electrificada

Que ese desgobierno de instintos se cubra con los encajes y sedas de los sibaritas, o que ostente solamente el taparrabo de los polinesios o de los hawaianos, hay en ello apenas una cuestión de escenario. Más civilizada sería una nación sin encajes ni sedas, sin tranvías ni telégrafos, pero en la cual la moralidad reinase, que una Sodoma electrificada en todas sus manifestaciones vitales, pero podrida en toda la armazón de su estructura moral.

La moral de nuestro siglo es tan frágil que se atenta contra los fundamentos de la vida
El hombre se ha atrevido a manipular y destruir la vida humana

El cimiento de toda civilización es la moralidad. Y cuando una civilización se edifica sobre los cimientos de una moralidad frágil, cuanto más crece, tanto más se aproxima de la ruina.

Es como una torre que, asentándose sobre cimientos insuficientes, caerá desde que alcance cierta altura. Cuanto más se superponen unos pisos a otros, tanto más próxima está su ruina.

Y cuando los escombros que atiborren la tierra hubiesen demostrado la debilidad del edificio, ciertamente los arquitectos de las Torres de Babel envidiarán la casa de amplios cimientos y de número limitado de pisos, que desafía las intemperies y el paso del tiempo.

El trabajo que la humanidad ha efectuado desde el siglo XIV consistió en debilitar los cimientos y en aumentar el número de pisos.

Los cimientos del mundo

La Iglesia, que pudo actuar libremente hasta el siglo XIV, trabajó en sentido contrario: dilatar los cimientos, para más adelante edificar sobre ellos; no el monumento vano de un orgullo temerario, sino el fruto vigoroso y admirable de la prudencia y de la sabiduría.

La catedral de Orvieto fue construida en la Edad Media para conmemorar el milagro eucarístico de Bolsena: de la Hostia manó sangre
Catedral de Orvieto, Italia

Los cimientos que aún hoy soportan el peso inmenso de un mundo que se desmorona son obra de la Iglesia. Nada es realmente útil si no es estable. Y lo que aún hoy nos resta de estable y de útil “de Civilización, en suma” lo edificó la Iglesia.

Al contrario, los gérmenes que amenazan nuestra existencia nacieron precisamente de la inobservancia de las leyes de la Iglesia.

Éste es el diagnóstico irrefutable de la sociología católica, que debemos denodadamente defender.

La cultura católica

Uno de los factores característicos de nuestro desordenado ambiente (y, por lo tanto, de nuestro anti-catolicismo, pues el catolicismo y el orden se identifican) es la existencia de males opuestos y antagónicos que, lamentablemente, en vez de destruirse recíprocamente, mutuamente se agravan.

Así, de un lado, el exceso de preocupaciones científicas generó en nuestros días un cientificismo abusivo.

De otro lado, la incapacidad intelectual cada vez más acentuada del hombre moderno produjo una decadencia de la espiritualidad general, verdaderamente funesta en todas sus consecuencias.

Entre estos dos extremos, nacidos del paganismo, el Catolicismo quiere introducir la solución equilibrada, y por lo tanto católica, de una cultura racional sin ser racionalista, y suficientemente generalizada, para impedir el embrutecimiento progresivo de las masas.

Elevación moral

Para la Iglesia, la ciencia no tiene su fin en sí misma. De ese modo, ésta pierde la soberanía que le quiso atribuir el racionalismo, para así doblegarse a sus finalidades naturales y lógicas. Es decir, al conocimiento por la vía de la razón de todo aquel conjunto de problemas que son de interés para la vida del hombre.

Es la restricción que la Iglesia impone al cientificismo desabrido. Desaparece así el derecho que el liberalismo confiere a los pseudo-científicos, de esconderse detrás de falsos principios científicos para hacer del saber un privilegio de perturbadores del orden, y de la intelectualidad una palanca de restricciones y anarquía.

Pero, por otro lado, una cierta dosis de cultura e instrucción, que actualmente anarquiza al mundo, es requerida como condición esencial para la conveniente formación espiritual y moral del hombre.

Y en esta tarea nos cabe a los católicos, el deber de pugnar por la elevación del nivel moral e intelectual de la juventud, expuesta hoy a tantos peligros.

Plinio Corrêa de Oliveira

Notas.-

1. Importante avenida comercial en el centro de la ciudad de São Paulo, de donde era oriundo el autor del artículo.
2. Pueblo que habitó cerca del cabo de Buena Esperanza.

Comer solo: Aristóteles y la cultura de la comida

La comida familiar es una costumbre que está siendo cada vez más olvidada
“Automat” (1927) de Edward Hopper (1882-1967).

Aristóteles identificó los hábitos alimenticios del hombre como una de las piedras angulares de la civilización, una de las dos actividades que resaltan la naturaleza de la excelencia del hombre (o su barbaridad). La importancia de comer para la condición humana debe ser evidente para todos.

Pero, ¿cuál es el problema de comer como resulta de la religión, los filósofos antiguos y el modo de vida tradicional?

Comer, tradicionalmente, ha sido una experiencia social, ritual y comunitaria.

Desde la cena religiosa hasta la comida familiar, el sentido de comunidad y sociabilidad se extiende a través de los hábitos alimenticios cultos.

En la comida comunitaria los individuos se reúnen en unidad.

De la atomización a la cohesión social.

El caos de las vidas egocéntricas se  manifiesta en el caos y la falta de armonía que nos rodea.

Hace cincuenta años, habría sido impensable no tener un tiempo establecido para la comida familiar. Hoy en día, es común que las familias hayan olvidado la importancia de la comida familiar, ya que cada miembro come en su propio horario en base al bramido de sus propios apetitos.

Esto refleja nuestra creciente atomización, aunque se tenga la ilusión de cohesión y unidad.

La prevalencia de las comidas familiares es difícil de medir. Un poco más del 50% de las familias dicen tener comidas familiares cinco días a la semana, lo que es un triste reflejo de los momentos en que vivimos. De este 50%, ¿cuántas de esas comidas son cálidas, en las que se conversa con calma?

Comer rápido

El énfasis está en el comer rápido para volver a las vidas “ocupadas” e individualistas que vivimos. Si todos están “presentes” pero no están atañidos, ¿puede esto considerarse como una verdadera comida familiar en el sentido tradicional?

¿Cuánta gente come rápidamente, está preocupada con sus teléfonos o simplemente quiere pasar a la siguiente cosa que les espera?

Un evento social es siempre algo íntimo y lento, dos cosas de las que la “sociedad” moderna desea alejarse.

La palabra sociedad invoca la idea de intimidad. Ella proviene de la palabra latina socius que significa amigo. Un amigo es alguien que conoces, alguien con quien pasas tiempo, alguien que tiene un papel íntimo en tu vida.

La importancia de la amistad era conocida por los antiguos filósofos. Aristóteles señaló en la Ética que la amistad es entrega de sí mismo. Los amigos se amaban por su propio bien y siempre buscaban lo mejor para el otro.

Para San Agustín, la amistad era una de las necesidades de la vida temporal, y que ésta se basaba en la confianza entre las partes: traicionar esa confianza era uno de los “pecados” más abominables que uno podía cometer (de ahí la razón por la cual traicionar la confianza de amigos, benefactores y familiares son castigados tan severamente en el Infierno de Dante).

En lugar de dedicar tiempo a nuestros amigos y familiares, perdemos nuestro tiempo en nosotros mismos. Se regresa a casa del trabajo e inmediatamente se busca una comida para satisfacer su apetito en lugar de esperar a los otros para comer.

La satisfacción del deseo personal

Satisfacer el deseo personal sin preocuparse por los demás es una encarnación sutil pero trágica del egoísmo. Porque en ese momento nada más en el mundo importa, excepto uno mismo y los deseos del yo.

A los modernos se les dice que “el tiempo es dinero”. Una hora dedicada a la comida familiar es considerada una hora desperdiciada: uno podría haber “disfrutado” con videojuegos, en las redes sociales para obtener cientos o miles de “me gusta”, de personas sin rostro que uno nunca conoció.

Las horas dedicadas a desayunar, almorzar o cenar con amigos son consideradas horas malgastadas.

Comer juntos, como un evento social, debe consumir tiempo porque se supone que es una experiencia íntima donde la amistad ‒la verdadera amistad‒ se experimenta, se reaviva y el amor se encuentra en el centro de la mesa.

Es, a su manera, un llamado al sacrificio. Sacrificar el propio tiempo por el otro. Sacrificar los propios deseos impetuosos para pasar tiempo con los demás.

La falta de gratitud

Las oraciones que se decían tradicionalmente antes y después de las comidas reconocían el rol del sacrificio involucrado en la alimentación social. Reconocían el sacrificio que otros hicieron para preparar la comida, su regalo para otros.

Lo menos que uno podría hacer para devolver este sentimiento es expresar su agradecimiento a quienes trabajaron con amor para lograr la comida que une a varias personas.

La acción de gracias después de la comida también reconoce al otro incluso después de haber sido saciado personalmente por la comida y la buena compañía.

Aristóteles tenía razón en que los hábitos alimenticios del hombre eran una de las características de su finura. La civilización proviene de la palabra latina civitas, ciudad, y la ciudad está ordenada a algo más grande que el yo.

La cultura nace de lo que se aprecia

Todas las civilizaciones están ordenadas a algo. La cultura proviene de este ordenamiento porque cultura, culto, significa cuidado y estima. Lo que las personas tienen como finalidad es lo que les importa, y lo que les importa es lo que vendrán a apreciar. Su trabajo es un reflejo de lo que realmente les importa.

Una civilización ordenada al yo y a los deseos del yo es una cultura hueca, nihilista y destructiva.

Trata a los demás como instrumentos para sus propios fines egocéntricos. Utiliza el alma y la subjetividad de un humano para su ventaja y placer.

Sitúa al yo en el centro del universo sin necesidad de sacrificarse por los demás y, por lo tanto, no necesita amar a los demás. Por esto, no hay tiempo para dar a los demás. Todo el tiempo es para uno mismo.

El cristianismo entendió la centralidad de la comida, el amor y el sacrificio que corrieron a través del simbolismo ordenador y vivificante de la comida. Porque, ¿quién hizo mayor sacrificio al ofrecerse a sí mismo como comida para sanar y traer vida al mundo que Cristo?

La comida —la Eucaristía— es el foco central de la liturgia cristiana. Es íntimo. Es personal. Es sacrificial. Por otra parte, la comida lleva al orden. Atrae a la mesa al yo aislado,  dispar, caótico y alienado; a  la mesa que trae orden, amor y vida al mundo.

Comida y cultura

La comida cristiana es también de naturaleza filial. El cristiano pertenece a una familia temporal pero también a la familia eterna y Divina, que trasciende el espacio y el tiempo. Los cristianos se reúnen como una sola familia junto a la Mesa del sacrificio y el amor, donde el deseo es verdaderamente saciado; el orden, la paz y la satisfacción también se encuentran finalmente en la Mesa de la Cena del Señor.

El sacrificio amoroso de Cristo es el mayor don de sí mismo para el mundo y la atracción a esta comida reorienta el corazón del yo a los demás, al orden, la sociabilidad y el amor.

La sociedad moderna, en sí misma es una parodia corrupta de lo que es la verdadera sociedad, no hay ningún lugar para el sacrificio y el sufrimiento.

Esta huida del sufrimiento, que eventualmente conduce a la eliminación del sacrificio, es lo que une a los filósofos liberales desde Hobbes y Locke a Mill y Rawls.

Como tal, la sociedad moderna llegará a reflejar lo que le importa y aprecia. Y lo que a la sociedad moderna le importa y interesa es el yo aislado y atomizado  mutilado del mundo de las relaciones y la intimidad.

Si el amor exige sacrificio y sacrificio significa el don de sí mismo a otro, la filosofía moderna busca destruir el amor, porque el sacrificio lleva al sufrimiento y el sacrificio coloca a otro, en lugar de a uno mismo, en el centro de la vida.

Por lo tanto, el mundo moderno necesita rechazar a Cristo; no tiene lugar para él como el Hijo de Dios encarnado y sacrificado. (Donde Cristo perdura, es transformado en un portavoz del último zeitgeist [1] liberal).

Esta es también la razón por la cual el mundo moderno necesita comer solo; no hay lugar para otros, los sacrificios involucrados en preparar y llevar a cabo la comida comunitaria, y no hay lugar para dar gracias a los demás porque esto suplantaría al ego del yo como la cumbre principal de lo que a uno le preocupa y valora.

El auge de la sociedad consumista, que alimenta el apetito de los egos desordenados, coincide con la comida rápida, de producción masiva y barata.

El triunfo de McDonalds no es el triunfo del capitalismo corporativo, sino el triunfo del individuo liberado, cuya única preocupación en la vida es alimentar sus propios deseos. Es el triunfo del liberalismo en su verdadera forma y expresión.

La decadencia de la familia

A medida que nuestro mundo se despersonaliza, se aísla y se atomiza, nuestros hábitos alimenticios ‒nuestra cultura alimenticia‒ reflejan esta nueva realidad: la pérdida de la sociabilidad; la pérdida del relacionamiento; el declive de la familia.

La comida nos llama al orden, da vida a quienes participan en ella, y reúne a las personas en relaciones íntimas, coloca a los demás, a la acción de gracias y a la amistad en el centro del mundo.

La comida familiar y la Eucaristía cristiana siguen siendo la fuente de la verdadera transformación, la cumbre de la reorientación, de la cultura de regreso a las cosas permanentes y a la piedra de construcción de la civilización.

Nota del editor: la pintura presentada es “Automat” (1927) de Edward Hopper (1882-1967).

Paul Krause es un colaborador principal de The Imaginative Conservative. http://www.theimaginativeconservative.org/2018/10/eating-alone-aristotle-culture-meal-paul-krause.html

[1] Zeitgeist, palabra de origen alemán que significa “espíritu del tiempo”

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Reflejos de Dios en la unidad y variedad del mar

Niña contemplando el mar, reflejo de la belleza del Creador

El mejor modo de conocer la belleza infinita e increada de Dios es analizar la belleza finita y creada del universo

Según la concepción católica del universo, Dios es la causa ejemplar, el Ser infinitamente bello cuyo reflejo podemos apreciar de mil maneras en los seres creados y, sobre todo, en el conjunto jerárquico y armónico de todos ellos.

En cierto sentido, el mejor modo de conocer la belleza infinita e increada de Dios es analizar la belleza finita y creada del universo. Consideremos, por ejemplo, el mar.

Uno de los primeros elementos de la grandeza del mar es la unidad.

Los mares de la Tierra se comunican entre sí, y constituyen una inmensa masa de agua que ciñe todo el globo terrestre.

En un extremo del mar, en cualquier punto del mundo, una de las consideraciones más agradables que nos vienen al espíritu es abarcar con los ojos la masa líquida que se extiende ante nosotros hasta la línea del horizonte, y pensar que esa masa líquida no termina allí, sino que se adentra más allá, de forma inmensa, constituyendo una grande y única inmensidad que se mueve, se dilata y se contrae, que se lanza y juega por toda la superficie de la Tierra.

Al mismo tiempo que el mar posee esa unidad espléndida, ¡cuánta variedad nos ofrece!

Unas veces el mar se presenta manso y sereno, pareciendo satisfacer todos los deseos de paz, tranquilidad y quietud de nuestra alma.

Unas veces se presenta manso y sereno, pareciendo satisfacer todos los deseos de paz, tranquilidad y quietud de nuestra alma.

Otras veces se mueve discreta y suavemente, formando pequeñas ondas que parecen jugar en su superficie, haciendo sonreír y distender nuestro espíritu en la consideración de las realidades amenas y apacibles de la vida.

En otras ocasiones, por fin, se muestra majestuoso y bravío, irguiéndose en movimientos sublimes, arremetiendo furiosamente contra las rocas altaneras y dislocando de sus abismos masas de agua insondables.

En ocasiones, el mar llega a la tierra acelerado y jadeante.

Y poco después, camina hacia ella tardío y perezoso, con olas que mueren lánguidamente en la playa.

O entonces, se manifiesta tan completamente parado, que parece contentarse con ver la tierra sin tocarla.

Unas veces se presenta tan limpio que se aprecia la profundidad de sus aguas a través de una gran masa líquida. Otras, sin embargo, se muestra oscuro, impenetrable, profundo y misterioso.

A vedes el mar nos hablará con el rugido dominador de un rey, que parece imponer su voluntad a los elementos.

De repente, su murmullo se asemeja a una envolvente caricia, que adormece. O bien, no pasa de un ruido de fondo, semejante a la prosa de un viejo amigo al que ya se le escuchó muchas veces…

Pero, tal vez al día siguiente, nos hablará con el rugido dominador de un rey, que parece imponer su voluntad a los elementos.

Todas estas diversidades del mar no tendrían concatenación ni encanto, si no se presentasen bajo el gran fondo de una inmensidad fija, invariable y grandiosa.

Así, la unidad y la variedad se manifiestan en una criatura que está al alcance de nuestros ojos, y que constituye una espléndida imagen de la belleza increada y espiritual de Dios, Nuestro Señor.

(*) “Catolicismo”, N. 549, septiembre de 1996. Trecho de conferencia del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en el Congreso Carmelitano, en 15 de noviembre de 1958, en São Paulo (Brasil).

Consideraciones sobre la Cultura

Los libros son un precioso complemento del pensamiento

Quizá en alguna ocasión Ud. se haya preguntado:

¿Qué es la Cultura? ¿Cual es la distinción entre instrucción y cultura? ¿Cómo se adquiere la Cultura?

¿Qué es necesario para que una cultura esté cimentada sobre bases verdaderas? ¿Puede el hombre elaborar fuera de la Iglesia una cultura verdadera?

A estas y otras cuestiones responde el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira en una conferencia pronunciada en el Seminario San Leopoldo, en Río Grande do Sul, Brasil.

¿Qué es la cultura?

A esta pregunta han sido dadas respuestas bien diversas, inspiradas unas en la filología, otras en sistemas filosóficos o sociales de toda especie.

Tal es el enmarañado de contradicciones que se estableció en torno a este vocablo y a otro relacionado, que es “Civilización”, que congresos internacionales de sabios y profesores se han reunido especialmente para definir su contenido. Como suele acontecer, de tanta discusión no nació la luz

No sería posible en la exigüedad de estas líneas, enunciar las tesis y los argumentos de las diversas corrientes, afirmar a su vez nuestra tesis y justificarla, para tratar después de la cultura católica.

Entretanto, podemos considerar seriamente el asunto, tomando la palabra “cultura” en los mil significados de que ella se reviste en el lenguaje de tantos pueblos, clases sociales y escuelas de pensamiento, y comenzando por mostrar que en todas estas acepciones, la cultura contiene siempre un elemento básico invariable, esto es, el perfeccionamiento del espíritu humano.

Hay gente que llega a considerar la cultura como mera resultante de la cantidad de libros leídos. Error evidente

El ratón de biblioteca (1850), de Carl Spitzweg.

En el meollo de la noción de perfección, está la idea de que todo hombre tiene en su espíritu cualidades susceptibles de desarrollo y defectos pasibles de represión.

El perfeccionamiento tiene pues dos aspectos: uno positivo, que significa crecimiento de lo que es bueno y otro negativo, o sea, la poda de lo que es malo.

Muchos modos de pensar y sentir de diversas corrientes a respecto de la cultura, se explican a la vista de este principio.

Así, no tenemos duda en reconocer el carácter de institución cultural a una universidad, a una escuela de música o teatro, o incluso a una sociedad destinada al fomento del juego del ajedrez o de la filatelia.

Es que estas entidades o grupos sociales tienen como objetivo directo el perfeccionamiento del espíritu, o por lo menos, tienen en vista fines que de sí perfeccionan el espíritu.

Sin embargo, podemos concebir una universidad u otra institución cultural, que trabaje virtualmente contra la cultura, lo que se da cuando, por efecto de errores de cualquier tipo, su acción deforma los espíritus.

Se podría hacer esta afirmación a propósito de ciertas escuelas, que llevadas por un entusiasmo exagerado por la técnica, inculcan en sus alumnos un desprecio por todo cuanto es filosófico o artístico.

Un espíritu que adora la mecánica como valor supremo y que hace de ella el único firmamento del alma, niega toda certeza que no tenga la evidencia de las experiencias de laboratorio y rechaza con desdén todo lo bello, es sin duda un espíritu deformado.

Como deformado sería el espíritu que, movido por un apetito filosófico inmoderado, negase cualquier valor a la música, al arte, a la poesía, o incluso a actividades más modestas, pero que también exigen inteligencia y cultura, como la mecánica.

Y las universidades que plasmasen algunas de estas orientaciones falsas en sus alumnos, diríamos que ejercen una acción anti-cultural, o propagan una falsa cultura.

Algunos deportes pueden ser considerados culturales, como la esgrima

En la acepción corriente, se reconoce que practicar esgrima, es un ejercicio de cierto valor cultural, porque supone cualidades de destreza física, vivacidad de alma, elegancia.

Pero el sentido común se muestra contrario a reconocer carácter cultural al boxeo, que tiene en sí algo de envilecedor para el espíritu, por el hecho de tener por blanco de golpes macizos y brutales, el rostro del hombre.

En todas estas acepciones y en tantas otras aún, el lenguaje corriente incluye en la noción de cultura, la idea de perfeccionamiento del alma.

Cultura e Instrucción

A primera vista, es menos clara en el concepto general, la distinción entre instrucción y cultura.

Pero bien analizadas las cosas, se ve que tal distinción existe, y reposa sobre un fundamento sólido.

Se dice de una persona que leyó mucho, que es muy culta, por lo menos en comparación a otra que leyó poco. Y entre dos personas que leyeron mucho, la que más leyó, se presume que sea la más culta.

Como de sí, la instrucción perfecciona el espíritu, es natural que, salvo razones contrarias, se repute más culto quien hubiese leído más.

El peligro de un error en este asunto, nace del hecho de que muchas personas simplifican inadvertidamente las nociones y llegan a considerar la cultura como mera resultante de la cantidad de libros leídos.

Error evidente, pues la lectura es provechosa, no tanto en función de la cantidad, sino de la calidad de los libros leídos, y principalmente en función de la calidad de quien lee, y del modo como lee.

En otros términos, en tesis, la lectura puede hacer hombres instruidos: tomamos aquí la palabra instrucción en el sentido de mera información.

Pero una persona que ha leído mucho, que es muy instruida, o sea, informada de muchos hechos o nociones de interés científico, histórico o artístico, puede ser mucho menos culta que otra con un bagaje informativo menor.

Es que la instrucción sólo perfecciona el espíritu en toda la medida de lo posible, cuando es seguida de una asimilación profunda, resultante de esmerada y detenida reflexión.

Y por esto, quien leyó poco, pero asimiló mucho, es más culto de quien leyó mucho y asimiló poco.

Como regla general, por ejemplo, un guía de museo es muy instruido de los objetos que debe mostrar a los visitantes. Pero no raras veces él es poco culto: se limita a memorizar y no procura analizar.

Cómo se adquiere la Cultura

Todo cuanto el hombre aprehende con los sentidos o la inteligencia, ejerce un efecto sobre las potencias del alma. De este efecto, una persona puede librarse, más o menos, o incluso enteramente, conforme el caso, pero en sí, cada aprehensión tiende a ejercer sobre ella un efecto.

Como ya dijimos, la acción cultural consiste positivamente en acentuar todos los efectos perfeccionadores, y negativamente, en frenar los otros.

Bien entendido, la reflexión es el primero de los medios de esta acción positiva.

Pero, mucho y mucho más que un ratón de biblioteca – depósito vivo de hechos y fechas, nombres y textos – el hombre de cultura debe ser un pensador.

Y para el pensador, el libro principal es la realidad que él tiene delante de los ojos; la realidad es el “autor” más consultado, y los demás autores y libros son elementos preciosos, pero nítidamente subsidiarios.

Con todo, la mera reflexión no basta.

El hombre no es puro espíritu. Por una afinidad que no es sólo convencional, existe un nexo entre las realidades superiores que él considera con la inteligencia y los colores, sonidos, formas y perfumes que alcanza por los sentidos.

El esfuerzo cultural sólo es completo cuando el hombre embebe todo su ser, por estas vías sensibles, de los valores que su inteligencia consideró. El canto, la poesía, el arte, tienen exactamente este fin.

Y es por una detenida, esmerada y superior convivencia con lo bello (rectamente entendida la palabra, es claro), que el alma se embebe enteramente de la verdad y el bien.

Cultura Católica
La verdadera cultura resulta de una noción sobre la verdadera perfección del hombre
La cultura verdadera busca la perfección en todo

Para que una cultura esté cimentada sobre bases verdaderas, es pues necesario que contenga nociones exactas sobre la perfección del hombre – ya sea en las potencias del alma, ya sea en las relaciones de ésta con el cuerpo – sobre los medios por los cuales él debe alcanzar esta perfección, los obstáculos que encuentra, etc.

Bien se ve que la cultura, así entendida, debe ser toda ella nutrida por la savia doctrinaria de la Religión verdadera. Pues es a la Religión que compete enseñarnos en qué consiste la perfección del hombre, la vía para alcanzarla y los obstáculos que se le oponen.

Y Nuestro Señor Jesucristo, personificación inefable de toda perfección, es así la personificación, el modelo sublime, el foco, la savia, la vida, la gloria, la norma y el encanto de la verdadera cultura.

Lo que equivale a decir que la cultura verdadera sólo puede ser basada en la Religión verdadera, y que solamente de la atmósfera espiritual creada por la convivencia de almas profundamente católicas, puede nacer la cultura perfecta, como el rocío se forma naturalmente de la atmósfera sana y viva de la madrugada.

Esto se demuestra también a la luz de otras consideraciones. Decíamos poco más arriba que todo cuanto el hombre ve con los ojos del cuerpo o los del alma, es susceptible de influenciarlo.

Todas las maravillas naturales con que Dios llenó el universo, son hechas para que al considerarlas, el alma humana se perfeccione.

Pero las realidades que trascienden los sentidos, son intrínsecamente más admirables que las sensibles. Y si la contemplación de una flor, una estrella o una gota de agua puede perfeccionar al hombre, cuánto más lo puede hacer la contemplación de lo que la Iglesia nos enseña sobre Dios, sus Ángeles, sus Santos, el Paraíso, la gracia, la eternidad, la Providencia, el infierno, el mal, el demonio y tantas otras verdades.

La imagen del Cielo en la tierra es la Santa Iglesia, la obra prima de Dios. La consideración de la Iglesia, sus dogmas, sus Sacramentos, sus instituciones, es por esto mismo un supremo elemento de perfeccionamiento humano.

Un hombre que, nacido en los subterráneos de alguna explotación mineral, nunca hubiese visto la luz del día, perdería con esto un elemento de enriquecimiento cultural precioso y quizás capital.

Mucho más pierde culturalmente, quien no conoce la Iglesia, de la cual el sol no es sino una figura pálida, en el sentido más literal de este adjetivo.

Pero hay más. La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo. Circula en Ella la gracia que nos viene de la Redención infinitamente preciosa de Nuestro Señor Jesucristo.

Por la gracia, el hombre es elevado a la participación de la propia vida de la Santísima Trinidad. Basta decir esto para afirmar el incomparable elemento de cultura que la Iglesia nos da, abriéndonos las puertas del orden sobrenatural.

El más alto ideal de cultura está pues contenido en la Santa Iglesia de Dios.

Culturas no Católicas

¿Puede el hombre elaborar fuera de la Iglesia una cultura verdadera?

Distingo.

Nadie puede afirmar que los egipcios, los griegos, los chinos, no fueron poseedores de auténticos y admirables elementos de cultura. Entretanto, es innegable que la cristianización del mundo clásico vino a propiciar a éste, valores culturales mucho más altos.

Santo Tomás de Aquino enseña que la inteligencia humana puede, de por sí, conocer los Principios de la Ley Moral, pero que en consecuencia del pecado original, los hombres fácilmente se desvían del conocimiento de ésta, por lo que se tornó necesario que Dios revelase los diez Mandamientos.

Además, sin el auxilio de la gracia, nadie puede practicar durablemente en su integridad la Ley. Y si bien que la gracia sea dada a todos los hombres, sabemos que los pueblos católicos, con la super abundancia de gracias que reciben en la Iglesia, son los que consiguen practicar todos los Mandamientos.

De otro lado, una sociedad humana sólo está en su estado normal cuando la generalidad de sus miembros observa la Ley Natural.

Y de ahí se sigue que, si bien, pueblos no católicos puedan tener producciones culturales admirables, son siempre gravemente carentes en algunos puntos capitales, lo que saca a su cultura la integridad y plena regularidad, presupuesto necesario de todo cuanto es eximio, o incluso simplemente normal.

La cultura verdadera y perfecta sólo en la Iglesia se encuentra. (…)

Revista “Catolicismo”, No 51, Mayo de 1955

Sensatez y claridad: Francia impide la jerga de género («inclusiva e inclusivo») en textos oficiales

Mientras en el metro y los autobuses de Londres y de Nueva York se prohíbe hablar de “damas y caballeros” y se ordena utilizar fórmulas “de género neutro” (“personal”, “ustedes”, “todo el mundo”, léalo aquí) en Francia el Primer Ministro francés, Edouard Philippe, ha ordenado este 21 de noviembre que quede prohibido en los textos oficiales el llamado “lenguaje inclusivo”, es decir, el que desdobla los géneros contra el masculino genérico (“los y las señores y señoras diputados y diputadas acudirán solícitos y solícitas…”).

https://www.religionenlibertad.com/sensatez-claridad-francia-impide-jerga-genero-inclusiva–60705.htm