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El Acuario y el hombre contemporáneo

Los peces, como algunos hombres, sólo son sensibles a las pequeñas cosas que los rodean.
Los peces de acuario, como algunos hombres, sólo son sensibles a las pequeñas cosas que los rodean.

El comportamiento de algunos hombres es semejante al de los peces en un acuario: viven, escondidos en su pequeño mundo, indiferentes a lo que pase afuera. Son una especie de “peces contemporáneos” .

Una vez visité un acuario en el que cada pez permanecía en su área.

Me sorprendió lo sensibles que se mostraban en relación a cualquier cosa que se encontraba en el camino de su incesante y ocioso andar a través de su medio líquido.

El contacto con la vegetación, algún pequeño obstáculo, hasta una burbuja de aire tenía inmediatamente un efecto en su dirección y movimientos.

Tuve ganas de saber como reaccionaba su sensibilidad con respecto a lo que pasaba fuera de la pecera, puesto que ésta tenía uno de sus lados enteramente dispuesto para la observación de los visitantes.

Los peces literalmente apoyaban sus bocas – uno podría decir hasta sus ojos- en el vidrio.

Pero eran completamente insensibles a cualquier cosa que estuviera fuera: una mano descansando sobre el vidrio, dedos gesticulando o golpeando – nada de ello les causaba la más mínima reacción.

El mundo fuera de la pecera podría estar cayéndose, que ninguno de estos peces le prestaría la más mínima atención hasta que ello no sucediese dentro de su pequeño y líquido mundo.

Me vienen a la mente aquellos peces cuando veo las actitudes de algunos de mis contemporáneos – no de pocos de ellos – cuando reciben noticias o comentarios sobre el mundo de hoy, a través de la televisión, la radio o los diarios.

Con cada vez mayor frecuencia, las noticias tratan de catástrofes individuales, locales y hasta nacionales.

A veces hasta es discutida la destrucción del mundo en una hecatombe nuclear.

La persona que escucha tales noticias permanece indiferente, mientras no causen inmediatas repercusiones en su pequeña vida privada, en su acuario.

Síntomas de alarmante corrupción, contradicciones aberrantes, indicaciones alarmantes sobre transformaciones de la psicología de grupos sociales – nada de ello es relevante mientras que su pequeña vidita continúe inalterada unos pocos días más, o, tal vez, sólo algunas horas.

Esa actitud me llamaba muchísimo la atención.

Justo en frente de la pecera, tuve el deseo – afortunadamente controlado – de golpear el vidrio y hablarle a los peces para que realmente sintieran la realidad del mundo externo en el que yo estaba y que ellos ignoraban completamente.

También tuve el deseo de golpear otros “vidrios” en los que algunos “peces contemporáneos” viven, escondidos en su pequeño mundo, indiferentes a lo que pase afuera.


Por Plinio Corrêa de Oliveira

El pueblo más grande de la Historia (video)

En su Ensayo sobre el Catolicismo, el liberalismo y el socialismo,
el famoso literato español Juan Donoso Cortés, analiza las obras de las civilizaciones antiguas y las compara con la Civilización cristiana.

Donoso Cortés hace el elogio de la Civilización cristiana
Juan Donoso Cortés

Así se refiere a la Civilización Cristiana:

“A esa portentosa civilización se debe todo lo que admiramos y todo lo que vemos. Sus teólogos, aun considerados humanamente afrentan a los filósofos modernos y a los filósofos antiguos a sus doctores causan pavor por la inmensidad de su ciencia; sus historiadores oscurecen a los de la antigüedad por su mirada generalizadora y comprensiva.

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Pueblo y masa – Libertad e igualdad en un régimen democrático: conceptos genuinos y conceptos revolucionarios

Las enseñanzas de Pío XII

Coronación de Carlos I y Zita como reyes de Hungría
El Emperador Carlos I de Austria y la Emperatriz Zita fueron coronados como Rey Carlos IV y Reina Zita de Hungría en 1916

Antes de abordar los textos de las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, parece conveniente evitar el sobresalto que la lectura de los presentes comentarios podrá producir a ciertas personas influenciadas por el populismo radicalmente igualitario de nuestros días, así como a otras –pertenecientes quizá a la nobleza o a élites análogas– que tendrán miedo de enfurecer a los corifeos de dicho populismo con la afirmación franca y desinhibida de muchas de las tesis enunciadas a lo largo de este trabajo.

Para ello, resulta oportuno evocar y explicar la verdadera doctrina católica sobre las justas y proporcionadas desigualdades en la jerarquía social, y eventualmente también en la jerarquía política.

Legitimidad y hasta necesidad de que existan justas y proporcionadas desigualdades entre las clases sociales

La doctrina marxista de la lucha de clases afirma el carácter injusto y nocivo de todas las desigualdades y la consecuente licitud de que la clase menos alta, se movilice a nivel universal para eliminar a las más altas.

“¡Proletarios de todos los países, uníos!” este es el conocido grito con que Marx y Engels concluyeron el manifiesto comunista de 1848. [1]

En sentido contrario, la doctrina católica tradicional afirma la legitimidad e incluso la necesidad de que existan justas y proporcionadas desigualdades entre los hombres y condena, en consecuencia, la lucha de clases.

Obviamente, esa afirmación no se aplica a una clase que se empeñe en que le sea reconocida en el cuerpo social, o eventualmente en el político, la posición que le pertenece, e incluso luche a favor de ello; pero la Iglesia se opone a que la legítima actitud de defensa de una clase agredida degenere en una guerra de exterminio de las demás o en el rechazo de la posición que respectivamente les corresponde dentro del conjunto social.

El católico debe desear que exista mutua paz y armonía entre las diversas clases, y no una lucha crónica, máxime cuando lo que se pretende es establecer una igualdad completa y radical.

Todo esto se comprendería mejor si las admirables enseñanzas de Pío XII sobre pueblo y masa hubiesen sido adecuadamente difundidas por todo Occidente.

¡Oh Libertad! ¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, exclamó la famosa revolucionaria francesa Madame Roland, junto a la guillotina en que fue ejecutada por decisión del régimen del Terror. [2]

Contemplando la historia de nuestro perturbado siglo XX se podría análogamente exclamar:

“¡Pueblo, pueblo, cuántos desatinos, cuántas injusticias, cuantos crímenes cometen en tu nombre los demagogos revolucionarios de hoy en día!”

Es cierto que la Iglesia ama al pueblo y se ufana de haberlo hecho de modo especial desde el primer momento en que fue instituida por su Divino Maestro.

Pero, ¿qué es el pueblo?

Es algo muy diferente de la masa; sí, de la masa agitada como el mar revuelto, fácil presa de la demagogia revolucionaria.

"La masa espera el impulso del exterior, fácil juguete en las manos de cualquiera que sepa manejar sus instintos o sus impresiones, pronta para seguir alternadamente hoy esta bandera, mañana aquella otra.”
La masa es agitada como el mar revuelto, fácil presa de la demagogia revolucionaria.

A esas masas la Iglesia, que es madre, tampoco les recusa su amor; antes bien, precisamente movida por él, les desea el bien precioso de que sean ayudadas a pasar de la condición de masa a la de pueblo.

¿No habrá, sin embargo, en esas afirmaciones un mero juego de palabras?

¿Qué es la masa? ¿Qué es el pueblo?

Pueblo y multitud amorfa: dos conceptos diferentes

Las admirables enseñanzas de Pío XII explican muy bien esta diferencia, y describen claramente como ha de ser la natural concordia que, al contrario de lo que afirman los profetas de la lucha de clases, puede y debe existir entre las élites y el pueblo.

Afirma Pío XII en su Radiomensaje de Navidad de 1944: [3] Pueblo y multitud amorfa o, como se suele decirse, masa, son dos conceptos diferentes.

1.- “El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es de por sí inerte y no puede ser movida sino desde fuera.”

2.- “El pueblo vive de la plenitud de vida de los hombres que lo componen, cada uno de los cuales –en su propio puesto y a su manera,– es una persona consciente de sus propias responsabilidades y convicciones.

“La masa, por el contrario, espera el impulso del exterior, fácil juguete en las manos de cualquiera que sepa manejar sus instintos o sus impresiones, pronta para seguir alternadamente hoy esta bandera, mañana aquella otra.”

3.- “De la exuberancia de vida de un verdadero pueblo, la vida se esparce, abundante y rica, por el Estado y por todos sus órganos, infundiendo en ellos, con vigor incesantemente renovado, la conciencia de su propia responsabilidad, el verdadero sentido del bien común.

“Sin embargo, de la fuerza elemental de la masa, manejada y aprovechada con habilidad, puede servirse también el Estado: en las manos ambiciosas de uno solo o de muchos, agrupados artificialmente por tendencias egoístas, el propio Estado –con la ayuda de la masa, reducida a simple máquina– puede imponer su capricho a la parte mejor del verdadero pueblo; el interés común queda así golpeado gravemente durante largo tiempo, y la herida es con frecuencia muy difícil de curar”.

También en una democracia deben existir las desigualdades provenientes de la naturaleza

A continuación, el Pontífice distingue entre verdadera y falsa democracia: la primera es corolario de la existencia de un verdadero pueblo; la segunda es consecuencia, a su vez, de la reducción del pueblo a la condición de mera masa humana.

4.- “De ello se desprende claramente otra conclusión: la masa –tal como acabamos de definirla– es la enemiga capital de la verdadera democracia y de su ideal de libertad y de igualdad.”

5.- “En un pueblo digno de este nombre, el ciudadano siente en si mismo la conciencia de su personalidad, de sus deberes y de sus derechos, de su propia libertad unida al respeto a la libertad y a la dignidad de los demás.

“En un pueblo digno de este nombre, todas las desigualdades, que no nacen del arbitrio, sino de la propia naturaleza de las cosas, desigualdades de cultura, de riquezas, de posición social –sin perjuicio, claro está, de la justicia y de la caridad mutua–, no son de hecho un obstáculo para que exista y predomine un auténtico espíritu de comunidad y de fraternidad.

“Por el contrario, lejos de perjudicar de ningún modo la igualdad civil, dichas desigualdades le confieren su legítimo significado; es decir, que, frente al Estado, cada uno tiene el derecho de vivir honradamente su propia vida personal en el puesto y en las condiciones en que los designios y las disposiciones de la Providencia le han colocado.”

La vivacidad del pueblo auténtico
El pueblo vive y se mueve con vida propia; la masa es de por sí inerte y no puede ser movida sino desde fuera.”

Esta definición de la genuina y legítima igualdad civil, así como de los correlativos conceptos de fraternidad y comunidad mencionados en el mismo párrafo, esclarece, a su vez, con gran riqueza de pensamiento y propiedad de expresión, lo que son según la doctrina católica la verdadera igualdad, fraternidad y comunidad; igualdad y fraternidad éstas, radicalmente opuestas a aquellas que, en el siglo XVI, las sectas protestantes instauraron en mayor o menor medida en sus respectivas estructuras eclesiásticas, como también al tristemente célebre trilogía que la Revolución Francesa y sus adeptos enarbolaron en todo el mundo como lema en el orden civil y social, y que la Revolución comunista de 1917 extendió, por fin, al orden socio-económico. [4]

Esta observación es particularmente importante si se toma en consideración que, en el lenguaje usado corrientemente tanto en las conversaciones particulares como en los mass–media, estas palabras son entendidas en el sentido erróneo y revolucionario en la mayoría de los casos.

4. En una democracia desvirtuada la libertad se transforma en tiranía y la igualdad degenera en nivelación mecánica

Después de haber definido lo que es la verdadera democracia, Pío XII pasa a describir la falsa:

6.- “En contraste con este cuadro del ideal democrático de libertad e igualdad en un pueblo gobernado por manos honradas y previsoras, ¡qué espectáculo ofrece un Estado democrático abandonado al arbitrio de la masa!

“La libertad, en cuanto deber moral de la persona, se transforma en una pretensión tiránica de dar libre desahogo a los impulsos y a los apetitos humanos, con perjuicio de los demás.

“La igualdad degenera en una nivelación mecánica, en una uniformidad monocroma; el sentimiento del verdadero honor, la actividad personal, el respeto a la tradición, la dignidad, en una palabra, todo aquello que da a la vida su valor, poco a poco se hunde y desaparece.

“Solamente sobreviven, por una parte, las víctimas engañadas por la llamativa fascinación de la democracia, confundida ingenuamente con el propio espíritu de la democracia, con la libertad y la igualdad; y, por otra parte, los explotadores más o menos numerosos que han sabido, mediante la fuerza del dinero o de la organización, asegurarse sobre los demás una posición privilegiada o el propio poder.” [5]

En estos principios del Radiomensaje de Navidad de 1944 se funda gran parte de las enseñanzas enunciadas por Pío XII en las alocuciones dirigidas al Patriciado y a la Nobleza romana, así como a la Guardia Noble Pontificia.

A partir de esta situación objetivamente descrita por el Pontífice, es evidente que, como veremos a continuación, incluso en los días de hoy, en un Estado bien ordenado –sea monárquico, aristocrático o democrático– cabe a la Nobleza y a las élites tradicionales una alta e indispensable misión.

Extraído de la obra Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Cap. III – Plinio Corrêa de Oliveira


[1] Karl MARX, Friedrich ENGELS, Obras (Edición dirigida por Manuel Sacristán Luzón), Crítica (Grijalbo), Barcelona-Buenos Aires-México, 1978 vol. 9. p. 169

[2] J. B. Weiss, Historia Universal, Tipografía la Educación, Barcelona, 1931, vol. XVII, p. 676.

[3] Es del autor la numeración que separa los párrafos.

[4] Cfr. Plinio Corrêa de Oliveira, Revolución y Contra-Revolución. Bajar el libro gratuito aquí

[5] Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, pp. 239-240.

Catolicismo y Civilización

Las naves portuguesas llevaron a los misioneros
Carabelas portuguesas

En los últimos siglos, con la industrialización y los descubrimientos científicos, muchos imaginaron que la humanidad entraría en una era “paradisíaca”, en que la tecnología resolvería todos los problemas. ¡Mera fantasía!

Irrumpimos, más bien, en una época caracterizada por el abandono espiritual, una gran desilusión “que ha empujado a más de una generación a los abismos de la droga y otros vicios”, y una incertidumbre cada vez mayor con relación al futuro.

El hombre al adorar el progreso material, se esclavizó a la máquina.

Plinio Corrêa de Oliveira, en un artículo escrito para el semanario «El Legionario» en 1931 (cuando el autor tenía sólo veintitrés años) analiza las tendencias de ese período que hoy llegaron a su auge, y señala la solución para la crisis contemporánea: la recristianización del mundo, conquistando un progreso auténtico, sin abandonar los valores del pasado.

En todas partes donde la acción de la Iglesia se hace sentir, ella es eminentemente civilizadora en sus diversas manifestaciones.

Al mismo tiempo que el Cristianismo irrumpía en Alemania con San Bonifacio, también entraba con él la civilización greco-romana en los matorrales salvajes de la Teutonia.

Y el mismo soplo de Cristianismo, que barrió de la agreste Germania los fantasmas inconsistentes de su antigua mitología, desterró también el salvajismo y la crueldad que caracterizaban a las implacables hordas de bárbaros, que asolaban constantemente las fronteras del Imperio Romano.

Los misioneros, junto con la fe, trajeron la civilización
Fundación de la ciudad de Sao Paulo, Brasil

Lo que San Bonifacio hizo en Alemania, lo hicieron en todas las naciones occidentales innumerables misioneros humildes que, como pregoneros de la verdad, recorrían en toda su extensión la Europa bárbara y salvaje de los primeros siglos medievales.

Acción de los misioneros

De aquellos misioneros, algunos fueron elevados a la honra de los altares. Otros yacen sepultados en el olvido. Su obra, sin embargo, les sobrevivió.

Y cuando el hombre supercivilizado de nuestros días “orgulloso de la velocidad de sus ferrocarriles” recorre rápidamente la España meridional o la parte de Portugal que baña sus costas en el Atlántico, en una atmósfera límpida, llena de vida y de luz; o la gélida Suecia, eternamente sumergida en su somnolienta y melancólica neblina; en vez de envanecerse con los inventos de su siglo, debería antes recordar que no hay trazado de línea ferroviaria, no hay recorrido de autopista, no hay campo de aviación y no hay puerto de mar alguno, fuera de los límites del antiguo Imperio Romano, en que, muchos y muchos siglos atrás, no hubiese nuestra civilización penetrado por primera vez con el cayado de un misionero anónimo y abnegado.

Y esta verdad no es sólo europea, se desdobla por todo el universo.

Ningún trasatlántico altivo puede surcar en demanda del Oriente o de América, sin que la sombra de los antiguos misioneros católicos le recuerde que, antes que el lucro del mercader, el ardor del apóstol había recorrido los mismos caminos, enfrentando las mismas dificultades, removiendo los mismos obstáculos y venciendo, por la dulzura y por la predicación, a las mismas gentes que los mercaderes irían a vencer por las armas y por la sangre.

Un ejemplo: el beato José de Anchieta

La calle 15 de Noviembre (1), en la que vibra toda la civilización americana, en la vida agitada de los bancos o en la futilidad de las vanidades femeninas, es con razón el orgullo de los paulistanos.

¿Quién, sin embargo, se acuerda que esa arteria trepidante no es más que el fruto bendecido del sudor de un misionero humilde y delgado, que 400 años atrás recorría el mismo lugar “por entonces eriazo y peligroso” catequizando a los indios, y recristianizando con el riesgo de su propia vida a los ambiciosos y crueles exploradores portugueses?

¿Quién recordará que toda esta vida, toda esta grandiosidad que se ostentan en la São Paulo moderna, no son más que los frutos de un árbol pujante que el padre Anchieta plantó con la semilla del sacrificio, y regó con la sangre de las maceraciones y las lágrimas de la penitencia? Nadie.

Es preciso, sin embargo, que a toda costa esta injusticia cese.

Nuestra época debe ser sobre todo una época de reparaciones, en que busquemos atar nuevamente las cosas a sus raíces verdaderas. Y la mayor de las reparaciones, la más urgente “la única, en último análisis” es la reparación de lo que concierne a la Iglesia.

Carencia de fuerza moral

Mucho se habla de nuestro progreso. El siglo XX, que fue en su primera década una comedia, se transformó bruscamente en una dilatada y sangrienta tragedia, que está lejos de haber llegado a su fin.

Aún una larga serie de lances dolorosos nos separa del desenlace fatal de la lucha de tantos elementos que chocan hoy en día. Y, como en todo ambiente verdaderamente propicio para las tragedias, podemos distinguir en nuestra época grandes vicios.

Nuestra civilización material es soberbia. El hombre conquistó los aires y puede escudriñar los secretos del fondo del mar. Suprimió las distancias. Voló…

Nuestras fábricas tienen herramientas que pueden torcer como alfileres las más sólidas barras metálicas.

Mientras tanto, nuestra mentalidad padece precisamente del mal contrario. En vez de torcer las barras de metal, como si fuesen alfileres, el alma del hombre moderno se siente débil con relación a los alfileres de los menores sacrificios morales, como si fuesen barras de metal.

Todo se desagrega

Nuestras aspiraciones son desencontradas. Como niños que jugasen en una sala de visitas, los hombres quiebran hoy, inconsciente y estúpidamente, los últimos objetos preciosos y joyas que nos restan de nuestra verdadera Civilización.

La mecánica es utilizada para la destrucción y para la guerra. La química no interesa sólo a los hospitales, sino a las fábricas de gases asfixiantes. Los tóxicos no tienen apenas uso de laboratorio; alimentan también los vicios de una generación inepta para la vida, que busca evadirse de la realidad en las regiones siempre nuevas del sueño y de la fantasía. La máquina, después de haber devorado las tradiciones del pasado, devora actualmente las esperanzas del futuro. La producción ya no tiene proporción con el consumo.

El Renacimiento fue el comienzo de una revolución que dura hasta nuestros días y que ha destruido la Civilización cristiana
El Renacimiento trajo consigo el desarreglo de los instintos y el deterioro de la armazón moral de la sociedad

Todo se desarregla, todo se desagrega. Y el hombre de nuestros días comienza apenas a percibir que, junto a los frutos amenos de una civilización material rica en comodidades refinadas, también brotan los frutos amargos de un sibaritismo llevado a su auge por las propias armas que la civilización forjó.

El jarrón roto

Desengañado de todo, el hombre de hoy (al contrario de lo que sucedía a principios del siglo XX) ya no dibuja más el progreso en sus cuadros alegóricos, como una mujer envuelta en una túnica griega, con una antorcha luminosa en las manos, rompiendo las cadenas del pasado y dirigiéndose, con la mirada radiante de esperanzas, hacia un futuro lleno de promesas.

Sólo en las pequeñas revistas y en las estampas de nuestro principio de siglo XX tal ingenuidad consiguió encontrar un lugar. Hoy esas alegorías aparatosas fueron relegadas al olvido. Y si alguien quisiese representar exactamente nuestra época, antes debería pintarla como un niño llorando despavorido ante los pedazos de un jarrón de porcelana que rompió, y que no sabe más cómo reparar.

El hombre incivilizado

Llegó el momento que indaguemos las verdaderas causas de tal desastre. Ha llegado la ocasión para que escudriñemos nuevamente la Historia, no como pasto para fantasías y utopías liberales, sino como laboratorio en cuyos hechos y accidentes, como en retortas y alambiques, se elaboró el presente.

Y llegó el momento en que los católicos debemos proclamar y demostrar la gran verdad de la cual proviene, como de fuente única, la salvación: el progreso, en su acepción moral más elevada y en sus manifestaciones materiales legítimas, proviene directamente de la Iglesia. El cortejo de vicios, de errores, de torpezas que él arrastró atrás de sí provino de un verdadero retroceso a la barbarie, que se generó en el Renacimiento. Y esto porque el Renacimiento fue bárbaro, como es bárbara la condición primitiva de vida de los hotentotes (2). Efectivamente es una tendencia esencial de la civilización hacer cada vez más perfecta la vida de las colectividades humanas.
Bárbaro, por lo tanto, e incivilizado es el hombre que no gobierna sus instintos, y que se vuelve así inapto para la vida social.

Una Sodoma electrificada

Que ese desgobierno de instintos se cubra con los encajes y sedas de los sibaritas, o que ostente solamente el taparrabo de los polinesios o de los hawaianos, hay en ello apenas una cuestión de escenario. Más civilizada sería una nación sin encajes ni sedas, sin tranvías ni telégrafos, pero en la cual la moralidad reinase, que una Sodoma electrificada en todas sus manifestaciones vitales, pero podrida en toda la armazón de su estructura moral.

La moral de nuestro siglo es tan frágil que se atenta contra los fundamentos de la vida
El hombre se ha atrevido a manipular y destruir la vida humana

El cimiento de toda civilización es la moralidad. Y cuando una civilización se edifica sobre los cimientos de una moralidad frágil, cuanto más crece, tanto más se aproxima de la ruina.

Es como una torre que, asentándose sobre cimientos insuficientes, caerá desde que alcance cierta altura. Cuanto más se superponen unos pisos a otros, tanto más próxima está su ruina.

Y cuando los escombros que atiborren la tierra hubiesen demostrado la debilidad del edificio, ciertamente los arquitectos de las Torres de Babel envidiarán la casa de amplios cimientos y de número limitado de pisos, que desafía las intemperies y el paso del tiempo.

El trabajo que la humanidad ha efectuado desde el siglo XIV consistió en debilitar los cimientos y en aumentar el número de pisos.

Los cimientos del mundo

La Iglesia, que pudo actuar libremente hasta el siglo XIV, trabajó en sentido contrario: dilatar los cimientos, para más adelante edificar sobre ellos; no el monumento vano de un orgullo temerario, sino el fruto vigoroso y admirable de la prudencia y de la sabiduría.

La catedral de Orvieto fue construida en la Edad Media para conmemorar el milagro eucarístico de Bolsena: de la Hostia manó sangre
Catedral de Orvieto, Italia

Los cimientos que aún hoy soportan el peso inmenso de un mundo que se desmorona son obra de la Iglesia. Nada es realmente útil si no es estable. Y lo que aún hoy nos resta de estable y de útil “de Civilización, en suma” lo edificó la Iglesia.

Al contrario, los gérmenes que amenazan nuestra existencia nacieron precisamente de la inobservancia de las leyes de la Iglesia.

Éste es el diagnóstico irrefutable de la sociología católica, que debemos denodadamente defender.

La cultura católica

Uno de los factores característicos de nuestro desordenado ambiente (y, por lo tanto, de nuestro anti-catolicismo, pues el catolicismo y el orden se identifican) es la existencia de males opuestos y antagónicos que, lamentablemente, en vez de destruirse recíprocamente, mutuamente se agravan.

Así, de un lado, el exceso de preocupaciones científicas generó en nuestros días un cientificismo abusivo.

De otro lado, la incapacidad intelectual cada vez más acentuada del hombre moderno produjo una decadencia de la espiritualidad general, verdaderamente funesta en todas sus consecuencias.

Entre estos dos extremos, nacidos del paganismo, el Catolicismo quiere introducir la solución equilibrada, y por lo tanto católica, de una cultura racional sin ser racionalista, y suficientemente generalizada, para impedir el embrutecimiento progresivo de las masas.

Elevación moral

Para la Iglesia, la ciencia no tiene su fin en sí misma. De ese modo, ésta pierde la soberanía que le quiso atribuir el racionalismo, para así doblegarse a sus finalidades naturales y lógicas. Es decir, al conocimiento por la vía de la razón de todo aquel conjunto de problemas que son de interés para la vida del hombre.

Es la restricción que la Iglesia impone al cientificismo desabrido. Desaparece así el derecho que el liberalismo confiere a los pseudo-científicos, de esconderse detrás de falsos principios científicos para hacer del saber un privilegio de perturbadores del orden, y de la intelectualidad una palanca de restricciones y anarquía.

Pero, por otro lado, una cierta dosis de cultura e instrucción, que actualmente anarquiza al mundo, es requerida como condición esencial para la conveniente formación espiritual y moral del hombre.

Y en esta tarea nos cabe a los católicos, el deber de pugnar por la elevación del nivel moral e intelectual de la juventud, expuesta hoy a tantos peligros.

Plinio Corrêa de Oliveira

Notas.-

1. Importante avenida comercial en el centro de la ciudad de São Paulo, de donde era oriundo el autor del artículo.
2. Pueblo que habitó cerca del cabo de Buena Esperanza.

El liderazgo natural de las almas bourdon (*)

El carillón es comparable a la armonía que debe tener una sociedad guiada por las almas bourdon
Carillón en el antiguo ayuntamiento en Haltern am See, que se encuentra en Renania del Norte-Westfalia, Alemania.

Plinio Corrêa de Oliveira comparó la sociedad a un carillón.

El carillón es un gran instrumento musical que consiste en al menos veintitrés campanas de bronce fundido, a menudo suspendidas en campanarios y dispuestas para tocar músicas.

Para aplicar su metáfora, el carillón es una sociedad o unidad social, y cada persona es una campana diferente.

El personaje representativo puede ser comparado con la campana principal, con la nota más baja, que establece el tono para el resto de campanas secundarias y mantiene el carillón entonado. Desde el sonido inicial del bourdon (*), las campanas más pequeñas resuenan y encuentran su propio tono.

Winston Churchill fue en un momento de crisis gravísima para su país un alma bourdon.

Así se expresaba:

“Defenderemos nuestra isla, sea cual sea el costo. Lucharemos en las playas, lucharemos en los campos de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos”.

Churchill fue sin duda como la campana mayor de un carillón para Inglaterra
Sir Winston Churchill camina a través de las ruinas de la catedral de Coventry.

“Ajuste del tono” significa que estas figuras representativas usan su conocimiento de las aspiraciones y el flujo vital de sus grupos sociales para orientar y armonizar a los que les rodean con el asesoramiento, dirección y liderazgo.

Su función principal es la creación de la resonancia y gran armonía dentro de grupos sociales determinados.

Así es que las familias, grupos, regiones, e incluso épocas históricas tienen sus almas bourdon que dan la armonía a la sociedad y cuya nota cuando suena hace que las demás resuenen y suene con alegría en este gran concierto conocido como historia.

Por lo tanto, en el cumplimiento de sus funciones en todos los niveles de la sociedad, estos personajes representativos logran fusionar “sus personalidades individuales con las exigencias públicas de esos papeles”, un logro que les permite “marcar las sociedades específicas y épocas históricas”. (**)

La campana mayor de la catedral de Notre Dame, en París, es llamada Emmanuel
Emmanuel, la campana bourdon de la Catedral de Notre-Dame de París.

El papel de ser un alma bourdon conlleva una gran responsabilidad.

Si se toma en serio, estas personalidades pueden ser como ángeles salvadores, socorriendo a los demás.

Si no logran establecer el tono adecuado, a los otros les resultará especialmente difícil superar sus retos y pruebas, por lo que el curso de la historia podría cambiar.

El igualitarismo imperante, que podría llamarse envidia y mediocridad imperante, va haciendo cada vez más difícil la aparición y desarrollo de estas almas. Una gran pérdida para la sociedad.

(*) bourdon: Campana principal de un campanario

(**) Robert N. Bellah et al., Habits of the Heart: Individualism and Commitment in American Life (Berkeley: University of California Press, 1985), 40.

Fuente: tfp.org