El cuerpo humano es un instrumento maravilloso para la expresión del alma

El cuerpo humano es un instrumento maravilloso para la expresión del alma. Todas nuestras ideas, nuestras emociones pueden expresarse por la palabra, completada y enriquecida por la inflexión de la voz, por la expresión de la mirada, por los gestos, por la actitud del cuerpo, por el porte y hasta por el modo de andar.

La Rendición de Breda, cuadro de Velázquez, muestra la cortesía de alma del vencedor
La Rendición de Breda, conocido como cuadro de las Lanzas, del pintor Velázquez, ilustra el gesto de caridad cristiana del vencedor con relación al vencido

Cuando dos personas están en contacto, por más que sean desiguales en inteligencia, instrucción o fuerza de persuasión, están en condiciones de ejercer una influencia recíproca.

El cuerpo humano es un instrumento maravilloso para la expresión del alma.

Elisabeth de Austria, su belleza fue comparada a un cisne, cuadro de Winterhalter
Elisabeth de Austria, la famosa Sissi, Emperatriz de Austria. Su porte regio recuerda la majestad del cisne

Todas nuestras ideas, incluso las más abstractas; todas nuestras emociones, incluso las más sutiles, son susceptibles de una expresión adecuada por la acción primordial de la palabra en sí misma, completada y enriquecida por la inflexión de la voz, por la expresión de la mirada, por los gestos, por la actitud del cuerpo, por el porte y hasta por el modo de andar.

Virgilio nos dice que por el simple modo de andar, Dido se mostraba una diosa: “et incenssu patuit Dea…”.

El traje es una expresión de sí mismo

El poder de expresión del cuerpo, es acentuado por el traje y por el adorno.

Este poder llega a ser tan grande, que pasa a veces, y por lo demás erróneamente, por irresistible.

Cuando esta transparencia del alma en todo el modo de actuar y de ser del cuerpo se torna nítida, y sobre todo cuando tal transparencia revela un alma firme, clara, lógica, estamos en presencia de lo que se llama una personalidad.

Los floggers manifiestan un deseo de extravagancia que tiene algo de desesperación
Cuando la degradación se torna moda, estamos frente a un mundo desesperado, enloquecido

Tener personalidad, ser una personalidad, es tener un alma bastante desarrollada para dirigir, influenciar, brillar en todo el cuerpo material.

Es realizar dentro del mero campo natural una especie de transfiguración de la materia por la iluminación interior del alma.

Esto es una prefigura meramente natural, pero espléndida en sí misma, de la transfiguración sobrenatural, incomparablemente más radiante y más noble, que los cuerpos gloriosos tendrán en el Cielo.

Un ejemplo incomparable fue el de Nuestro Señor en el Tabor, del que también algunos Santos nos han dado una visión sensible en esta Tierra de exilio.

… la falta de juicio no se expresa sólo por el sentido de las palabras, sino por lo desaliñado del gesto, por la extravagancia de las líneas o de los colores de un traje, de un mueble, de un edificio…

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Cristiandad; Sacralidad en el orden temporal

Pobreza y desigualdad, qué pensar?

El principio totalitario de igualdad afirma que nadie puede tener más que otro, para que no haya ninguna «alienación». Y la única forma de que todos sean iguales es que todos sean pobres. Todos pobres, de hecho. Pobres e iguales .

En Venezuela se ha implantado una dictadura igualitaria y el resultado no ha sido la pobreza, sino la miseria.
Igualdad y Pobreza

Quienes han conocido el mundo comunista saben que está marcado no solo por el carácter dictatorial de los regímenes, sino también por la monotonía de la vida cotidiana: mala iluminación, mantenimiento inexistente, edificios ruinosos, mala alimentación, estanterías vacías, ropa opaca, escasa oferta de entretenimiento, ausencia de bienes superfluos y así sucesivamente.

Esta torpeza es una consecuencia obvia del fracaso económico de los regímenes comunistas. Pero también obedece a un diseño filosófico preciso. El sistema comunista está diseñado para inducir a la pereza. Fuera de los pocos privilegiados de la nomenklatura , nadie tiene derecho a garantizar un mayor bienestar de acuerdo con el aumento cuantitativo y cualitativo sistemático del propio empeño. 

Esto se debe al principio totalitario de igualdad: nadie puede tener más que el otro, para que no haya ninguna «alienación». Y la única forma de que todos sean iguales es que todos sean pobres. Todos pobres, de hecho. Pobres e iguales .

La posición del Papa

Este igualitarismo es la clave para entender la última encíclica del Papa Francisco y del evento internacional “La economía de Francisco” que se realizó en línea en Noviembre pasado. La pobreza es el medio. El objetivo es el igualitarismo.

Según el conocido teólogo de la liberación, ahora autoproclamado «ecoteólogo» Leonardo Boff, principal orador de «La economía de Francisco», la esencia de la encíclica Fratelli tutti es el paso del concepto de «señor» al de «hermano». 

En un ensayo que anticipa su conferencia, Boff afirma que el Papa Francisco quiere cambiar el paradigma mundial actual, basado en «desigualdades en todos los campos», introduciendo un nuevo paradigma basado en una «fraternidad universal», es decir, una «fraternidad de iguales».

Un igualitarismo contra la naturaleza

Este igualitarismo es tan profundo que, siempre según Boff, incluso las leyes de la naturaleza deberían retroceder, ya que reflejan el poder abrumador de un Dios que gobierna, que, en esta lógica, es la fuente de todas las «alienaciones» y, por tanto, la realidad última que debe ser abolida.

Al final, ¿la igualdad es un bien? Responde Santo Tomás.

Por supuesto, borrar a Dios por completo sería demasiado impactante. Así, se empieza disolviendo su naturaleza trascendental, considerándola más bien como una energía o fluido que circula en la creación. La percepción inmediata y sensorial de esta energía, según Boff, generaría la «hermandad universal» propuesta por el Papa Francisco. 

En otro ensayo, el teólogo brasileño de la liberación explica que este cambio de paradigma se caracteriza por el paso del «dominio del logos» al del «eros». 

La manipulación del «consumismo»

Además, proponer el ideal de pobreza para todos, con el fin de inducir la igualdad, también sería demasiado chocante. Entonces, comienzan por manipular el concepto de consumo de una manera que promueva el pauperismo. Esta manipulación comenzó mucho antes del Papa Francisco. 

Como explica el padre Luigi Taparelli d’Azeglio en su Ensayo teórico de la ley natural , Dios creó al hombre con facultades y tendencias que la propia naturaleza humana tiende a querer satisfacer. 

Este es su bien. Este impulso es consustancial a su naturaleza y lo conduce hacia el propósito para el que fue creado. Propósito material –conservación y desarrollo de su cuerpo–, y propósito espiritual: desarrollo de su intelecto y de su alma, que deben tender hacia el Bien absoluto:

«Un ser será perfecto cuando alcance el término que le fija su naturaleza – material y espiritual -» con las facultades que le otorga la naturaleza misma» .

Para lograr su propósito, tanto material como espiritual, el hombre necesita consumir. 

El consumo es necesario para el hombre

Lejos de ser una mala palabra, como afirman ciertas escuelas modernas, incluso en el ámbito católico, el consumismo templado es una conditio sine qua non para que el hombre logre el propósito para el que fue creado por Dios. Y, como todo lo creado por Dios, hacer bien al hombre también es bueno para la economía.

¿Qué significa consumir? 

La primera idea que viene a la mente es la de comer, un significado ciertamente incluido en el concepto de consumo. Sin embargo, también significa tener otras satisfacciones en la vida, no necesariamente de un multimillonario, que le dan al hombre un bienestar conforme a los apetitos de su naturaleza. El concepto de consumo abarca todos los apetitos de la naturaleza humana.

Consumo y bienes del alma

Por ejemplo, en el contexto del consumo puede haber bienes que de ninguna manera son indispensables para saciar el hambre, ni estrictamente necesarios para vivir: teatros, museos, bellos monumentos, bibliotecas, etc. Así, el concepto de consumo incluye todo lo indispensable para la supervivencia, pero también todo lo que es conveniente, e incluso superfluo, y que hace la vida placentera.

Si una señora compra una miniatura de porcelana, habrá consumido. Un matrimonio que acuda a la Prima della Scala a disfrutar de una ópera habrá tenido un consumo cultural. Un fiel que asiste a una hermosa misa en latín habrá tenido un consumo espiritual.

Hoy, sin embargo, está surgiendo una nueva tesis que tiende al socialismo. Encontramos esta tesis, por desgracia, en documentos vaticanos recientes. Como unos tienen mucho y otros poco, es necesario que los primeros se queden solo con lo esencial, dando lo superfluo a los segundos. Según este prejuicio anti-consumista, el hombre no debe poseer lo que no es esencial para la vida. Nadie debería gastar en artículos de lujo o incluso en artículos de confort.

Las consecuencias para la sociedad

¿Cuál es el resultado de tal razonamiento? En una sociedad donde nadie se beneficia del trabajo más que los otros… ¡nadie trabajará más duro que los demás! Será una sociedad organizada en beneficio de los perezosos y en detrimento de los buenos trabajadores. En una sociedad así, la abundancia desaparece primero, luego también lo conveniente, y al final incluso lo necesario …

Para estimular a quienes trabajan más, deben recibir la debida compensación. Así, la sociedad se beneficia de los más capaces, los más eficientes, los más productivos, en una palabra, los mejores. De lo contrario, la sociedad perece, cae en un anti-consumismo preconcebido, se desliza hacia la pobreza crónica, tiende finalmente a la barbarie.

Aplicación del igualitarismo al escenario internacional

Esta tesis se aplica no solo a las relaciones entre clases sociales sino también al escenario internacional. Se dice que hay países «consumistas», Estados Unidos y Europa en primis, y países que carecen de lo conveniente y a veces incluso de lo necesario. Las naciones ricas, según este punto de vista, explotan y oprimen a las pobres. Las naciones explotadas deberían lanzar una contraofensiva contra el mundo consumista, obligándolo a bajar el nivel de su consumo y allanarse a los niveles del mundo pobre. Nuevamente: pobres todos. Todos iguales.

Abogar por un consumo razonable

Ante este anti-consumismo retrógrado, debemos abogar por un consumismo razonable y reflexivo, en el que las clases y naciones ricas, lejos de imponer condiciones de vida inaceptables a los más pobres, intenten estimularlos en la producción, empujándolos hacia un consumismo saludable que estimule su economía. No hay ninguna razón por la que las fórmulas que han tenido éxito en otros lugares no puedan replicarse.

Esta glorificación de la indolencia es propia del socialismo y del comunismo, no de la civilización cristiana y de la doctrina social de la Iglesia.

Conferencia pronunciada por Julio Loredo, Presidente de Tradición, Familia y Propiedad – Italia- , en la conferencia online “Poveri Tutti. La conversión es buena para la economía, no para la utopía ”. Para verlo haga clic aquí

Fuente: Fatima Oggi

El padre que no reza

Los niños deben saber que su padre honra a Dios. Los niños poseen una lógica que el relativismo de los mayores no entiende.

Los niños poseen una lógica que el relativismo de los mayores no entiende

El pequeño Paul, que tiene sólo cuatro años y medio, está arrodillado al lado de su cama diciendo sus oraciones de la noche; parece que toma mucho tiempo.

«¿No has terminado tus oraciones?», le pregunta su sirvienta.

«Sí», responde el niño, un poco avergonzado.

«Bien, entonces, ¿qué están haciendo ahora?».

El niño enrojece y murmura tímidamente,

«yo rezo cada noche dos veces, por mí y por mi papá. Le escuché que objetó a mi mamá cuando ella le pidió que hiciera sus oraciones; así que ahora estoy haciéndolas por él».

La precocidad de los niños
La familia va a misa…pero el padre se queda en casa

¿Precoz, diría usted? Quizá. ¿Pero no nos sorprenden a menudo los niños con sus percepciones?

¡Qué necios son los padres que creen que pueden descuidar la lógica con sus hijos!

¡Qué poco saben los padres sobre el funcionamiento de esas jóvenes mentes y corazones!

¡Qué poco saben los padres sobre cómo pueden utilizar lo que escuchan esos pequeños!

San Alfonso María de Ligorio y la educación de los hijos

Un comentario que cambió una vida

Lady Baker, una conversa, escribe en “La Casa de la Luz” que cuando tenía 11 años de edad, ella escuchó una conversación entre su padre y su madre sobre religión.

El padre estaba diciendo,

«escuché un buen sermón hoy; señalaba cómo la Reforma fue un gran error y que Inglaterra hubiera sido mucho mejor sin ella”…

«Ten cuidado», interrumpió su esposa en un tono escandalizado, “ten cuidado con los niños».

Esa misma noche, cuando fui a dar un paseo con la sirvienta, ella me invitó a visitar una Iglesia Católica.

Desde esa fecha, dice, nació en ella un deseo de estudiar los inicios de la pretendida Reforma y de cambiar su religión si más tarde este estudio demostraba que lo que su padre había dicho era verdadero.

«Fui mandada a estudiar”, continúa la Señora Baker «y no escuché más de la conversación; pero comencé a pensar sobre estas palabras extrañas».

El padre debe rezar con la familia
No basta que los padres sean piadosos: es necesario que sus hijos los vean rezando
El ejemplo es la mejor pedagogía

Puede ser que los padres no hayan perdido el hábito de la oración, por la gracia de Dios, pero podría ser que no hagan que sus hijos los vean rezando a menudo.

Orar y dejar que los hijos vean que uno reza, son dos cosas diferentes. No basta con rezar individualmente. Su deber como cabeza de familia es orar en nombre de la familia, a la vista de la familia y con la familia.

Los niños deben saber que su padre honra a Dios. Deben ver que él mismo se comporta respetuosamente ante El. Deben aprender de su ejemplo el gran deber de la adoración y del culto.

La oración, al menos por la noche, debe decirse en común.

En muchas familias donde todos se reúnen al final del día para honrar a Dios, es la madre quien dirige la oración hasta que llegue el momento en que cada niño sea capaz de tomar su turno.

Sería mucho mejor que el padre tomara la iniciativa. Es la función que le cabe, una función que es de un carácter casi sacerdotal.

Siempre debo ver quién escucha. Los niños no pierden nada…

Adaptado de “Cristo en el hogar”, del Padre Raoul Plus, S.J., (Colorado Springs, CO: Gardner Brothers, 1951), 241–243.

El igualitarismo explicado en toda su profundidad

Panteísmo; igualdad política, social y económica absolutos; amor libre: este es el triple fin a que nos conduce un movimiento que dura ya más de cuatro siglos.

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3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad “ Los valores metafísicos de la Revolución

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

  A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

El orgulloso detesta todas las desigualdades y toda autoridad
El puño cerrado, símbolo de la rebelión contra todas las desigualdades.

El orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos
En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios:

de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica:

Supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones:
El ecumenismo mal entendido lleva a querer igualar y fundir todas las religiones.
La reuión de Assis

Todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual.

El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política:

supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad:

supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios

entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica:

nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia:
En la arquitectura también se refleja esta determinación de nivelar todos los aspectos de la existencia
Disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas:

la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social:

como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internacional:
La ONU es un primer ensayo de gobierno mundial fundiendo todas las razas y pueblos
La Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados

el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país:

por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios:

Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad:

claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión.

Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

La igualdad es el mito que ha destruido nuestra civilización

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La verdadera «calidad de vida»

El abismo que creó nuestra era entre la fe y la vida debe ser eliminado, y la gracia divina debe operar como un fermento para elevar nuestra existencia a un nivel mejor.

Al terminar un año más, se impone la vieja y casi diríamos gastada costumbre del análisis retrospectivo, seguido de una mirada ansiosamente interrogativa sobre lo que nos deparará el año venidero.

Sería inútil tratar de huir de esa práctica, por más rutinaria que parezca.

Ella nace de la propia profundidad del orden natural de las cosas. Dios fue quien creó el tiempo para el hombre y quiso que fuese dividido en años.

Esta duración anual, unidad siempre igual a sí misma, está admirablemente proporcionada a la extensión de la existencia humana y al ritmo de los acontecimientos terrenos.

La Providencia quiso que la inexorable cadencia de los años proporcionase a los hombres, en los días que sirven de puente entre el año viejo y el nuevo, una ocasión para un examen atento de todo cuanto en ellos y en torno de ellos fue cambiado, para un análisis sereno y objetivo de esos cambios, para una crítica de los métodos y rumbos viejos, para la fijación de métodos y rumbos nuevos, para una reafirmación de los métodos y de los rumbos que no pueden ni deben cambiar.

De algún modo, pues, cada fin de año se parece a un Juicio, en que todo debe ser medido, contado y pesado, para rechazar lo que fue malo, confirmar lo que fue bueno, e ingresar a una nueva etapa.

Quizás lo más difícil será que veamos lo que fue malo porque el concepto de la finalidad de la vida del hombre ha sido olvidado, y también lo que sea la felicidad en esta tierra.

Es necesario restablecer el íntimo significado de la vida, cultivando un arraigado sentido de la vocación cristiana.

El error fundamental del hombre de hoy es que olvidó el por qué de su presencia en el mundo, el por qué Dios lo creó.

Pertenecemos a Dios en el más absoluto sentido de la palabra y estamos en este mundo para servirlo, aún en las más insignificantes ocupaciones de la vida cotidiana.

La vida se tornó tan infeliz para el hombre moderno precisamente porque actúa contra las más íntimas y vehementes fuerzas que lo impelen hacia Dios. El trata de encontrar la paz, despreciando el plan divino, que está en su propia naturaleza.

El laicismo y la crisis del hombre actual

Debemos volver a ver la vida a la luz de su finalidad última, de modo que encontremos lo divino en lo material, lo eterno en lo temporal, la santidad en todo, excepto en el pecado.

El gran empeño de nuestra hora presente es la penetración de todas las actividades de la vida por la luz y el poder de nuestra fe: el abismo que creó nuestra era entre la fe y la vida debe ser eliminado, y la gracia divina debe operar como un fermento para elevar nuestra existencia a un nivel mejor.

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